Sucede lo mismo cuando busca la foto que le habían entregado, pero intuye que está en los mofletes inflados que mastican; palpa la boca de la beba, al momento de toser, atragantándose, y allí están los trocitos mojados de la foto, dispersos sobre la colcha.
El piso que barre tiene franjas rectilíneas. Las paralelas no se cruzan. Unas, denotan el paso del escobillón, y otras, contienen toda la tierra de los años. Al lado de la canilla, el charco se agranda.
Oigo unos suspiros que más bien se parecen a ronquidos repetidos. Un sueño profundo y desalentador.
Por la vereda pasan las mujeres emperifolladas de domingo, hacia la plaza. Es la fiesta del pueblo y habrá desfile cívico-militar, dicen. Mira hacia la derecha y ve, frente a la puerta, una mesa tendida sobre un blanco mantel de hilo; luce una torta primavera con frutillas, kiwis y duraznos dispuestos en círculo. En el centro, las velas incrustadas en la crema son un seis y un uno. La cumpleañera le ofrece una porción generosa, pero al momento de tomarla, apoya la palita para recoger la basura sobre el mantel y una lluvia de motas de polvo sobrevuelan la torta hasta posarse sobre la crema. Ahora parece la nieve sucia después que el viento de la montaña arremetió con fuerza. Hasta un rulo de pelos se sentó sobre el sesenta y uno. La vecina la mira con ojos que recriminan y se va, con la palita en una mano y la porción de torta, en la otra.
Ahora está ordenando en una caja los muchos zapatos arrumbados en un rincón. Toca y adivina las formas y las texturas, mientras los guarda de a pares. Ahí están los viejos suecos, esos que hacen que uno se encariñe y, aunque estén rotos y gastados, uno no se decide a abandonar. Cuando descubre los tacones de las clases de tango, porque ve unos reflejos rojos, va palpando las agujas de los tacos altos, las hebillas, las tiritas de cuero, las presillas y ahí está esa llave con su llavero que había extraviado. ¿A quién se le ocurre guardarlas en un sitio tan insólito?