Borrador para una escena
-Pase por aquí, para lavarse las manos, Lucía.
-No. No soy Lucía; soy su madre.
Una llamada que se corta, interrumpe su trajinar. Su nieta pequeña, está jugando con el cable.
A su lado, en el lecho, observo cómo sus párpados cerrados se mueven vertiginosamente.
Un señor mayor le propone que adivine quién es. No lo sabe, pero tiene un parecido a alguien… tal vez sea el tío de la compañerita de banco de la primaria, Alicia. Ella se acerca para besarlo en la mejilla, pero el hombre se apresura, endereza su cara y la besa en los labios con extrema suavidad. Le da una foto de la adolescencia que él había conservado hasta hoy. Alicia, Marta y ella, las tres con cola de caballo, lucen sueltos vestidos veraniegos de colores estridentes; el suyo es amarillo huevo y piensa “Qué raro, si nunca usé uno así. Odio el amarillo huevo” Deja la foto sobre el camastro donde está la niña que enrosca el cable del teléfono.
Sus brazos, abrazados (valga la redundancia) a la almohada, tienen un leve temblor.
Barre y barre y junta pelusas debajo de las camas, hasta que recoge el enésimo montoncito. Va a tirarlo junto al tacho de basura, al lado de la canilla que destila gotas de óxido, haciendo un charco.
Sus piernas se estremecen en la levedad del vacío y después son casi un pataleo sobre las sábanas.
Busca y no encuentra su anillo de lapislázuli. Se ajusta la cola de caballo debajo de la bandana, se escurre unas gotas de sudor y se limpia las manos en el vestido a cuadros, agregando más manchas sobre su abdomen. No está, claro, si no tiene los anteojos ¿Dónde habrán quedado? Sucede lo mismo cuando busca la foto que le habían entregado, pero intuye que está en los mofletes inflados que mastican; palpa la boca de la beba, al momento de toser, atragantándose, y allí están los trocitos mojados de la foto, dispersos sobre la colcha.