reflejos rojos, va palpando las agujas de los tacos altos, las hebillas, las tiritas de cuero, las presillas y ahí está esa llave con su llavero que había extraviado. ¿A quién se le ocurre guardarlas en un sitio tan insólito?
Frunce el ceño, castañetea los dientes y sacude la cabeza hacia un lado y el otro. Varias veces. Veo a continuación que se levanta, a tientas, se calza las pantuflas marrones y, arrastrando el camisón de franela, se dirige al baño. Esa cistitis la tiene a mal traer. De regreso, se encaja sobre la nariz, los lentes “culo de botella” que había dejado en el lugar correcto. Mira el piso y confirma que está perfectamente brillante y todo ordenado.
Al advertir mi presencia, recorre con sus ojos miopes mi frente arrugada, mis ralos cabellos canos y me da vuelta para analizar esa giba persistente de dromedario a ambos lados de mis paletas.
-Que conste que no me llamo Lucía ¿eh? –me dice y se coloca con displicencia el anillo de piedra en el anular derecho. Se lo había regalado como para firmar la paz luego de una fuerte discusión, hace años. El lapislázuli es su piedra preferida porque dice que favorece la comunicación y armoniza lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Allí estaba, en el sitio apropiado, sobre la mesa de luz.
Lilian Costamagna ( Argentina)