Resultaba una odisea el pensar que todo podría solucionarse en un vaivén de emociones sin sentido, es más, ya se habían conocido a través de sus propias amistades y conocían las debilidades el uno del otro, aunque las fortalezas no se dignaran a relucir como cuando niños.
Maxwell estaba devastado por la noticia recibida dos días antes, la hermana que tenía del otro lado del mundo había quedado ciega; el problema no era la ceguera, sino que ellos nunca vieron la faz del otro y él estaba más que entristecido porque la única hermana en la verdad de la sangre no podría verle, o conocerle jamás. Y trató de remediarlo todo con una de ésas promesas incumplidas que sólo él sabía jurar a las personas que él adoraba con todo el esplendor de su alma, para por lo menos llenar de esperanza a ésos seres que se convertían en simples víctimas de la monotonía. Se alejó demasiado que casi se acercaba al final de los sinfines para encontrar algo de brillo en ésos ojos ciegos. Y sólo conoció a la música, un arte que satisface los deseos más puros y a veces los más corruptos dentro del alma y los ojos ciegos.
Habían dejado muy detrás el mal asunto de que ojos que no ven, el corazón no siente. Ella podría sentirlo, sí, ya estaba decidido. Cantará Maxwell para Alexandra una canción de cuna a cada amanecer.
Nattalie estaba fascinada con el hecho del nacimiento de Ignacio, su vida unida a la de Götzellio y la independencia jurada a su madre. A pesar de todo ella diría que vivía mejor de lo que esperaba, que nunca le había hecho falta cosa alguna y que todo su mundo era precioso mientras dentro de sí misma gritaba en el silencio lo mucho que echaba de menos a Maxwell y a sus “ocurrencias”. También tenía una guerra interna con sus múltiples deseos, quería estar por siempre enamorada de alguien, quería que todos la amasen, quería ser la viva imagen de la felicidad de quienes le conocían. No estaba muerta, pero la enterraron, quería dormir por siempre y para siempre le olvidaron. Y es que siempre quiso ser la que no quería ser de nadie. Estaba devastada también porque lo que ella quería eran simples caprichos que después de satisfacerlos le habría de entrar una culpa capaz de dejarla en números rojos y cuyo remedio sería un daltonismo espiritual.
No había tema de conversación, y tampoco había un deseo de mantener el silencio; tenían el tiempo suficiente para decirse lo mucho que se querían pero parecían no querer utilizarlo. Ella estuvo a punto de tomar la palabra cuando apareció ante ellos una joven de aproximadamente veinte años, cabello castaño y corto, ojos semejantes a la miel más cristalina, unos labios deliciosos a la vista y una figura que cualquier madre envidiaría. Se acercó sin pensarlo a Maxwell para tomarse una fotografía en la que éste debía parecer más guapo que siempre. Entonces sonrieron mientras Nattalie sufría por dentro a la vez que mostraba una indiferencia capaz de caer en el desdeño más hermoso de la moral. Entonces Maxwell besó a la muchacha para agradecerle en el acto, y es que ésa mujer eliminó el mal rato que Maxwell tuvo qué pasar mientras estaba frente a Nattalie y ahora existía un maravilloso tema de conversación. Otra batalla comenzaba en la guerra amorosa entre el joven descarado y la joven madre de familia cuyo corazón era de quien lo reclamase.