NOVELA EN SERIE
**CAPÍTULO 1 [Parte 1 / 3 ]**
Despertó temprano para preparar un poco de café, a pesar de eso ya era muy tarde porque el sol golpeaba a plomo los cristales y hacía brillar cada superficie de cada hoja, de cada tallo y de cada flor del jardín adornado en su mayoría por azucenas y rosas vainilla. El olor apetecible de la frescura y la sensación eterna de una paz y una benevolencia inconmensurables precedía al austero llanto del pequeño Danyal que, desde su llegada no hacía más que andar de temeroso y a veces curioso por todo el lugar que ocupaba la casa del señor Nouvellian. Ella, Ammeliè, debía ocuparse de Danyal mientras el señor Nouvellian o peor aún, mientras la señorita Minerva no estuviese.
Había pasado el tiempo desde que Nattalie no estaba para él, fueron quizá demasiados días mientras reafirmaba la locura digna de un hombre cuyo nombre sólo podía ser Maxwell. Se re-encontraron en un café llamado Andhemia cerca de la avenida Flora en el Distrito más encantador de Ámsterdam. Todo en ellos parecía normal exceptuando el olor que Nattalie desprendía a cada centímetro que avanzaba, un perfume exquisito; su ropa no hacía excepción, y nada era más envidiable que la esbelta figura de la joven (ahora madre) adornada con un indecente par de senos maternales. Él en cambio había obtenido su ceguera definitiva en el ojo derecho y una cicatriz en el párpado izquierdo, añadiendo también el hecho de que su vicio por el tabaco nunca desapareció pese a sus esfuerzos y fue adelgazando poco a poco.
La historia de ésos dos había sido asquerosa, él siempre hablaba de asuntos increíbles, rozaban en lo absurdo a pesar de la veracidad de los hechos e incluso llegaban a fastidiarle con el lema de la locura. A pesar de todo se entregaba sin reservas, siempre estaba dispuesto a proteger lo que tanto amaba; así era el drama. A cada conversación en la que debían de expresar ambos una superioridad recíproca terminaban convertidos en fieras dispuestas a matarse entre sí, pero al finalizar la batalla terminaban lamiendo heridas entre sí.
Ésa relación parecía más un ritual para liberar a Beelzebub, a Leviatán, a Cerberus, a Calypso, Cthulhu u cualquier otra bestia capaz de desatar el Apocalipsis; una batalla entre dos bandos irreconciliables e irreconocibles; una disputa.
Pero era sobre todas las cosas algo hermoso, tan eterno y efímero como el mismísimo tiempo.
Antes de encontrarse nuevamente habían charlado sobre las vidas que habían llevado hasta ése punto en el tiempo; las comas y los puntos suspensivos ya no les daban respiro al darse cuenta de que pasaron demasiado tiempo el uno sin la otra. Tenían miedo de saberse infelices, pero en el fondo esperaban que ninguno fuese feliz para así hacerse felices mutuamente como lo hacían cuando estaban unidos.