LOS OJOS DEL PERRO SIBERIANO los ojos del perro siberiano | Page 22
Tincho_1712
XIII
Después de que se fue la abuela, me quedé dando vueltas y vueltas en mi cuarto. No
sabía qué hacer, pero sí sabía lo que no quería hacer: pensar.
En mi cabeza se agolpaban Ezequiel y mi padre; puentes y abismos, y a pesar de no
haber sido mencionado en nuestra charla, el SIDA y el ave de rapiña.
En la televisión daban El Mundo de Disney. Nada lograba deprimirme más. Esos
brillos, fuegos artificiales y sonrisas de la presentación me producían dolor de
estomago.
Busqué, entonces, un libro; todos los que me interesaban ya los había leído, algunos
releído. Los que quedaban eran esos libros, típicos regalos de cumpleaños, que el
abuelo de alguien leyó a los ocho años y le gustó, entonces a los ocho años del padre
de ese alguien le regalan también ese mismo libro, y obviamente el pobre alguien a
los ocho recibe también ese mismo libro acompañado de una frase de este estilo:
"Seguramente lo disfrutarás mucho, pequeño alguien, tu abuelo y yo, (o tu padre y yo
depende), lo hemos disfrutado mucho también". A nadie le importa que hayan pasado
al menos 50 años y que no todos los libros resistan el paso del tiempo.
De esa lógica, a regalarlo en el primer cumpleaños, hay un paso muy corto que se da
habitualmente.
Decidí ir a comprarme un libro a la librería del Shopping. No lo sabía en esos años y
no estoy seguro de estar en lo cierto ahora, pero sospecho que uno se hace lector
para completar lo inacabado. Para completarse.
Y así conforme van pasando los años van cambiando los gustos y nos parece mentira
que hayamos disfrutado ciertos textos, que después creemos execrables.
Seguramente no pensaba en esto cuando caminaba por San Isidro para ir a buscar un
libro que me liberase de la angustia.
Sí recuerdo mi desazón cuando llegué a la librería, pregunté por Clara y me
contestaron que tenía franco. Habitualmente las embarazadas nos inspiran dulzura, la
embarazada que me informó que Clara no estaba y agregó con su mejor sonrisa Mac
Donald's: "¿Te ayudo en algo, tesoro?", me inspiró repugnancia. Supongo, a la luz de
los años, que la buena mujer tal vez no era tan desagradable, pero yo a Clara le debía
el haberme hecho lector. Ella siempre me había recomendado buenos libros y sabía
cuáles darme según mi ánimo.
Gracias a ella descu