Literatura BDSM Justine o Los Infortunios de La Virtud (Sade) | Page 142

—¡Juliette! ¿Te estoy oyendo a ti? —dijo la desdichada prisionera arrojándose a los brazos de la señora de Lorsange...— i Tú...mi hermana!... ¡Ah, moriré mucho menos infeliz, ya que, al menos, he podido abrazarte una vez más!... Y las dos hermanas, estrechamente abrazadas, ya sólo escuchaban sus sollozos, ya sólo se expresaban a través de las lágrimas. El señor de Corville no pudo retener las suyas; sintiendo que se le hace imposible no sentir por este caso el mayor interés, pasa a otra habitación, escribe al canciller, describe con trazos encendidos el horror de la suerte de la pobre Justine a la que seguiremos llamando Thérèse; se hace fiador de su inocencia, pide que hasta el esclarecimiento del proceso, la supuesta culpable no tenga otra prisión que su castillo, y se compromete a devolverla a la primera orden de aquel jefe soberano de la justicia; se da a conocer a los dos guardianes de Thérèse, les confía su carta, les responde de la prisionera; es obedecido, Thérèse le es entregada; un carruaje avanza. —Acercaos, criatura harto desdichada —dijo entonces el señor de Corville a la interesante hermana de la señora de Lorsange—, acercaos, todo cambiará para vos. No podrá decirse que vuestras virtudes quedan siempre sin recompensa, y que la hermosa alma que habéis recibido de la naturaleza sólo encuentra siempre el cautiverio: seguidnos, ahora sólo dependéis de mí... Y el señor de Corville explica en pocas palabras lo que acaba de hacer. Hombre respetable y amado dijo la señora de Lorsange arrojándose a las rodillas de su amante—, este es el rasgo más hermoso que habéis tenido en todos vuestros días; a quien conoce realmente el corazón del hombre y el espíritu de la ley le corresponde vengar la inocencia oprimida. Ahí tenéis, señor, ahí tenéis a vuestra prisionera: ve, Thérèse, ve, corre, vuela al instante a arrojarte a los pies de este protector equitativo que no te abandonará como los demás. ¡Oh, señor, si me resultaban queridos los lazos del amor con vos, cuanto más lo serán ahora, reforzados por la más tierna estimación!... Y las dos mujeres abrazaban sucesivamente las rodillas de un amigo tan generoso y las regaban con sus lágrimas. Llegaron en pocas horas al castillo: allí, el señor de Corville y la señora de Lorsange se ocuparon ambos a porfía de hacer pasar a Thérèse del exceso de la desdicha al colmo del bienestar. La alimentaban con deleite de los manjares más suculentos; la acostaban en los mejores lechos, querían que mandara en su casa, ponían en ello, en suma, toda la delicadeza que cabía esperar de dos almas sensibles. Consiguieron curarla en pocos días, la bañaron, la vistieron, la embellecieron; era el ídolo de los dos amantes, competían en ver cual de los dos le —haría olvidar cuanto antes sus desgracias. Mediante algunos cuidados, un excelente cirujano se encargó de hacer desaparecer aquella marca ignominiosa, fruto cruel de la maldad de Rodin. Todo respondía a las atenciones de los bienhechores de Thérèse: las huellas del infortunio ya se borraban de la frente de la amable joven; las Gracias ya restablecían en ella su dominio. A los colores lívidos de sus mejillas de alabastro sucedían las rosas de su edad, marchitas por tantos pesares. La risa, borrada de sus labios desde hacía tantos años, reapareció en ellos finalmente bajo el ala de los placeres. Las mejores noticias acababan de llegar de la Corte; el señor de Corville había puesto toda Francia en movimiento, había reavivado el celo del señor S***, que se había unido a él para describir las desdichas de Thérèse y para devolverle una tranquilidad a la que era tan acreedora. Llegaron finalmente las cartas del Rey que purgaban a Thérèse de todos los procesos injustamente incoados contra ella, le devolvían el título de honesta ciudadana, imponían para siempre silencio a todos los tribunales del reino