Literatura BDSM Justine o Los Infortunios de La Virtud (Sade) | Seite 143
En lo que se refiere a Thérèse, así que se enteró de tantas cosas agradables para ella, poco faltó para que
expirara de alegría, derramó varios días consecutivos unas lágrimas muy dulces, en el seno de sus
protectores, cuando de repente su humor cambió, sin que fuera posible adivinar la causa. Se volvió
sombría, inquieta, ensimismada; a veces lloraba en medio de sus amigos, sin que ni ella misma pudiera
explicar la causa de sus penas.
—No he nacido para tanta felicidad —le decía a la señora de Lorsange—... Oh, querida hermana, es
imposible que dure mucho tiempo.
Por más que le aseguraran que todas sus historias habían terminado y que ya no debía sentir más
inquietud, nada conseguía calmarla; diríase que esta triste criatura, únicamente destinada a la desdicha, y
sintiendo la mano del infortunio siempre colgada sobre su cabeza, previera ya los últimos golpes que iban
a aplastarla.
El señor de Corville seguía viviendo en el campo; estaban a fines del verano, planeaban un paseo que la
proximidad de una espantosa tormenta parecía poder estorbar; el exceso de calor había obligado a dejarlo
todo abierto. El relámpago brilla, el granizo cae, los vientos silban, el fuego del cielo agita las nubes, las
sacude de una manera terrible; parecía que la naturaleza, aburrida de sus obras, estuviera dispuesta a
mezclar todos los elementos para obligarlos a unas formas nuevas. La señora de Lorsange, asustada,
suplica a su hermana que lo cierre todo, lo más rápidamente posible; Thérèse, apresurada en calmar a su
hermana, corre hacia las ventanas que ya se rompen; quiere luchar por un minuto contra el viento que la
rechaza: al instante el resplandor del rayo la derriba en el centro del salón.
La señora de Lorsánge lanza un grito espantoso y se desmaya; el señor de Corville pide ayuda; los
cuidados se dividen, devuelven a la señora de Lorsange a la luz, pero la desdichada Thérèse está herida de
manera que ni la menor esperanza puede subsistir para ella; el rayo había entrado por el seno derecho;
después de haber consumido su pecho y su cara, había salido por el centro del vientre. La visión de
aquella miserable criatura infundía horror: el señor de Corville ordena que se la lleven...
—No —dijo la señora de Lorsange levantándose con la mayor calma—; no, dejadla bajo mis miradas,
señor; necesito contemplarla para afirmarme en las decisiones que acabo de tomar. Escuchadme, Corville,
y no os enfrentéis sobre todo a la decisión que tomo, a unos proyectos de los que nada en el mundo podría
distraerme ahora. Las increíbles desdichas que experimentó esta infortunada, aunque siempre haya
respetado sus deberes, tienen algo de demasiado extraordinario como para no abrirme los ojos sobre mí
misma; no os imaginéis que me ciego con los falsos resplandores de felicidad que hemos visto disfrutar,
en el transcurso de las aventuras de Thérèse, a los malvados que la han hollado. Estos caprichos del cielo
son unos enigmas que no nos corresponde a nosotros desvelar, pero que jamás deben seducirnos. ¡Oh,
amigo mío! la prosperidad del crimen sólo es una prueba a la que la Providencia quiere someter la virtud;
es como el rayo cuyos fuegos falaces sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los
abismos de la muerte al desdichado que han deslumbrado. Aquí tenemos el ejemplo bajo nuestros ojos;
las increíbles calamidades, los reveses terroríficos e ininterrumpidos de esta encantadora joven, son una
advertencia que el Eterno me da para escuchar la voz de mis remordimientos y arrojarme al fin en sus
brazos. ¿Qué castigo debo yo temer de él, yo, a quien el libertinaje, la irreligiosidad y el abandono de
todos los principios han señalado cada instante de la vida? ¿Qué es lo que debo esperar, cuando así ha
sido tratada aquella que no tuvo en todos sus días un solo error verdadero que reprocharse? Separémonos,
Corville, ya es hora; ninguna cadena nos ata, olvidadme, y considerad oportuno que vaya con un
arrepentimiento eterno a abjurar a los pies del Ser Supremo de las infamias con que me he manchado.
Este espantoso golpe era necesario para mi conversión en esta vida, lo era para la dicha que me atrevo a
esperar en la otra. Adiós, señor; la última señal que espero de vuestra amistad es no hacer ningún tipo de
pesquisas para saber qué ha sido de mí. ¡Oh, Corville!, os aguardo en un mundo mejor, vuestras virtudes
deben conduciros a él; ojalá las maceraciones en las que voy a pasar para expiar mis crímenes, los
desdichados años que me quedan, puedan permitirme volver a veros un día.
La señora de Lorsange abandona inmediatamente la casa; toma algún dinero consigo, se precipita a un
carruaje, abandona al señor de Corville el resto de sus bienes señalándole unos legados piadosos, y vuela
a París, donde entra en las carmelitas, de las que al cabo de muy pocos años se convierte en ejemplo y