Literatura BDSM Justine o Los Infortunios de La Virtud (Sade) | Page 141
Un usurero, en mi infancia, quiere impulsarme a cometer un robo; me niego: se enriquece. Caigo en una
banda de ladrones, escapo de ella junto con un hombre al que salvo la vida: como recompensa, me viola.
Llego a casa de un señor disoluto que me hace devorar por sus perros, por no haber querido envenenar a
su tía. Paso, de allí, a casa de un cirujano incestuoso y homicida a quien intento evitar una acción
horrible: el verdugo me marca como a una criminal; sus fechorías se consuman sin duda: él triunfa en
todo, y yo estoy obligada a mendigar mi pan.
Quiero acercarme a los sacramentos, quiero implorar con fervor al Ser supremo del que recibo, pese a
todo, tantos males; el augusto tribunal donde espero purificarme en uno de nuestros más santos misterios
se convierte en el teatro ensangrentado de mi ignominia: el monstruo que abusa de mí y que me manosea
se eleva a los más altos honores de su orden, y yo recaigo en el abismo espantoso de la miseria. Intento
salvar a una mujer del furor de su marido: el cruel quiere hacerme morir derramando mi sangre gota a
gota. Quiero ayudar a un pobre: me roba. Ofrezco ayuda a un hombre desmayado: el ingrato me hace dar
vueltas a una rueda como una bestia, y me ahorca para deleitarse; los favores de la suerte le rodean, y yo
estoy a punto de morir en el cadalso por haber trabajado a la fuerza en su casa. Una mujer indigna quiere
seducirme para una nueva fechoría: pierdo por segunda vez los escasos bienes que poseo, por salvar los
tesoros de su víctima. Un hombre sensible quiere compensarme de todos mis males con el ofrecimiento
de su mano: expira en mis brazos antes de poder hacerlo. Me arriesgo en un incendio para arrebatar de las
llamas a una niña que no me pertenece: la madre de esta niña me acusa y me incoa un proceso criminal.
Caigo en las manos de mi más mortal enemiga, que quiere llevarme a la fuerza a casa de un hombre cuya
pasión consiste en cortar cabezas: si evito la espada de aquel malvado, es para recaer bajo la de Temis.
Imploro la protección de un hombre al que he salvado la fortuna y la vida; me atrevo a esperar de él
alguna gratitud; me atrae a su casa, me somete a horrores, convoca allí al juez inicuo del que depende mi
caso; los dos abusan de mí, los dos me ultrajan, los dos aceleran mi pérdida: la fortuna los colma de
favores, y yo corro a la muerte.
Eso es lo que los hombres me han hecho sentir, eso es lo que me ha enseñado su peligroso trato; ¿es
sorprendente que mi alma agriada por la desdicha, asqueada de ultrajes y de injusticias, sólo aspire a
romper sus lazos?
—Mil excusas, señora —dijo aquella joven infortunada concluyendo aquí sus aventuras—; mil perdones
por haber manchado vuestra mente con tantas obscenidades, por haber abusado durante tanto tiempo, en
una palabra, de vuestra pacien