Literatura BDSM Justine o Los Infortunios de La Virtud (Sade) | Page 139
boca, pegada a la mía, parece respirar mi dolor para incrementar sus placeres: es imposible imaginar su
ebriedad, pero, a ejemplo de su amigo, notando sus fuerzas a punto de dispersarse, quiere llegar a sentirlo
todo antes de que le abandonen. Me dan la vuelta, la bola que me han hecho devolver producirá en la
vagina el mismo incendio que encendió en los lugares que abandona; desciende, arde en el fondo de la
matriz: vuelven a atarme sobre el vientre a la pérfida cruz, y unas partes mucho más delicadas se irritarán
con los nudos que las reciben. Cardoville penetra por el sendero prohibido; lo perfora mientras los demás
disfrutan de igual manera de él. El delirio se apodera finalmente de mi perseguidor, sus espantosos gritos
anuncian el cumplimiento de su crimen; estoy inundada, me sueltan.
—Vamos, amigos míos —dice Cardoville a los dos jóvenes—, apoderaos de esta ramera, y gozad de ella
a vuestro antojo; es vuestra, os la dejamos.
Los dos libertinos se apoderan de mí. Mientras uno disfruta de la parte delantera el otro se hunde en el
trasero; cambian de sitio una y otra vez; estoy aún más desgarrada por su prodigioso tamaño de lo que lo
he estado por el rompimiento de las barricadas artificiales de Saint-Florent; y él y Cardoville se divierten
con esos jóvenes mientras ellos se ocupan de mí. Saint-Florent sodomiza a La Rose que me trata de la
misma manera, y Cardoville hace otro tanto con Julien que se excita conmigo en un lugar más decente.
Soy el centro de esas abominables orgías, soy su punto fijo y su resorte; cada uno de ellos por cuatro
veces, La Rose y Julien han rendido su culto a mis altares, mientras que Cardoville y Saint—Florent,
menos vigorosos o más exhaustos, se contentan con un sacrificio en los de mis amantes. Es el último, ya
era hora, estaba a punto de desvanecerme.
—Mi compañero te ha hecho mucho daño, Thérèse —me dice Julien—, y yo voy a repararlo todo.
Provisto de un frasco de esencia, me frota repetidas veces. Las huellas de las atrocidades de mis verdugos
se desvanecen, pero nada apacigua mis dolores; jamás los sentí tan intensos.
—Con el arte que tenemos en hacer desaparecer los vestigios de nuestras crueldades, las que quieran
denunciarnos no lo tendrán nada fácil, ¿no es verdad, Thérèse? —me dice Cardoville—. ¿Qué pruebas
ofrecerían de sus acusaciones?
—¡Oh! —dice Saint—Florent , la encantadora Thérèse no está para denuncias; en vísperas de ser ella
misma inmolada, son oraciones lo que debemos esperar de ella, y no acusaciones.
—Que no haga ni lo uno ni lo otro —replicó Cardoville—; nos inculparía sin ser atendida: la
consideración y la preponderancia que tenemos en esta ciudad no permitirían que se prestara atención a
unas denuncias que siempre llegarían a nosotros. Y de las que en todo momento seríamos los dueños. Eso
haría su suplicio más cruel y más largo. Thérèse debe sentir que nos hemos divertido con su persona por
la razón natural y simple que lleva a la fuerza a abusar de la debilidad; debe sentir que no puede escapar a
su juicio; que éste debe ser sufrido; que lo sufrirá: que sería inútil que divulgara su salida de la prisión
esta noche: no la creerían; el carcelero, totalmente de nuestra parte, la desmentiría inmediatamente. Así
pues, es necesario que esta hermosa y dulce muchacha, tan imbuida de la grandeza de la Providencia, le
ofrezca en paz todo lo que acaba de sufrir y todo lo que todavía le espera; serán otras tantas expiaciones a
los espantosos crímenes que la entregan a las leyes. Viste tus ropas, Thérèse, todavía no es de día, los dos
hombres que te han traído te devolverán a tu cárcel.
Quise decir una palabra, quise arrojarme a las rodillas de aquellos ogros, bien para suavizarlos, bien para
pedirles la muerte. Pero me arrastraron y me arrojaron a un simón donde mis dos guías se encierran
conmigo; así que estuvieron allí unos infames deseos los inflaman una vez más.
—Aguántamela —dijo Julien a La Rose—, quiero sodomizarla; nunca he visto un trasero en el que me
sintiera tan voluptuosamente comprimido; te prestaré el mismo servicio.
El proyecto se realiza, por mucho que yo intente defenderme, Julien triunfa, y con espantosos dolores
sufro esta nueva embestida: el grosor excesivo del asaltante, el desgarramiento de estas partes, los fuegos
con que aquella maldita bola ha devorado mis intestinos, todo contribuye a hacerme sentir unos dolores
renovados por La Rose tan pronto como su camarada ha terminado. Así que, antes de llegar, fui una vez