Literatura BDSM Justine o Los Infortunios de La Virtud (Sade) | Page 138
querida, recibía con abundancia lo que el impotente Cardoville sólo prestaba con parsimonia. Al
momento siguiente, sin actuar ya, pero ofreciéndose en todas las posiciones, tanto su boca como su culo
servían de altares a espantosos homenajes. Cardoville no puede soportar tantos cuadros libertinos. Viendo
a su amigo completamente en ristre, acude a ofrecerse a su lujuria: Saint-Florent disfruta de él; yo afilo
las flechas, las acerco a los lugares donde deben hundirse, y mis nalgas expuestas sirven de perspectiva a
la lubricidad de unos, y de comodín a la crueldad de los otros. Al fin nuestros dos libertinos, remansados
por el esfuerzo que tienen que reparar, salen de allí sin ninguna pérdida, y en un estado que me asusta más
que nunca.
Vamos, La Rose —dijo Saint—Florent—, coge a esta bribona y estréchamela.
Yo no comprendía esta expresión: una cruel experiencia me descubrió pronto su sentido. La Rose me
cogió, me coloca las caderas sobre un banquillo que no tiene ni un pie de diámetro; allí, sin otro punto de
apoyo, mis piernas caen de un lado, y mi cabeza y mis brazos del otro. Fijan mis cuatro miembros en el
suelo con la mayor separación posible; el verdugo que debe estrechar los accesos se arma con una larga
aguja en cuya punta hay un hilo encerado, y sin preocuparse por la sangre que derramará, ni por los
dolores que me ocasionará, el monstruo, frente a los dos amigos divertidos por ese espectáculo, cierra,
mediante una costura, la entrada del templo del Amor. Así que ha terminado, me da la vuelta, mi vientre
se apoya en el banquillo; mis miembros cuelgan, los fijan de igual manera, y el indecente altar de Sodoma
se atranca del mismo modo. No os menciono mis dolores, señora, tendréis que imaginároslos; estuve a
punto de desmayarme.
—Así es como las quiero —dijo Saint—Florent, cuando me hubieron colocado de nuevo sobre las
caderas y vio claramente a su alcance la fortaleza que quería invadir—. Acostumbrado a recoger
únicamente primicias, ¿cómo sin esta ceremonia podría yo recibir algún placer de esta criatura?
Saint-Florent tenía la más violenta de las erecciones, le almohazaban para prolongarla; se adelanta, con la
pica en la mano; bajo sus miradas, para excitarlo aún más, Julien disfruta de Cardoville; Saint—Florent
me ataca: inflamado por las resistencias que encuentra, empuja con un vigor increíble; los hilos se
rompen, los tormentos del infierno no igualan los míos; cuanto más vivos son mis dolores, más excitantes
parecen los placeres de mi perseguidor. Todo cede finalmente a sus esfuerzos, me siento desgarrada, el
reluciente dardo ha tocado fondo, pero Saint-Florent, que quiere ahorrar su fuerzas, se limita a alcanzarlo;
me dan la vuelta, idénticos obstáculos; el cruel los observa masturbándose, y sus feroces manos maltratan
los alrededores para hallarse en mejor estado de atacar la plaza. Se presenta allí, la pequeñez natural del
local hace mucho' más vivos los ataques, mi temible vencedor no tarda en romper todos los frenos; estoy
ensangrentada; pero ¿qué le importa al triunfador? Dos vigorosos golpes de riñones le sitúan en el
santuario, y el malvado consuma allí un espantoso sacrificio cuyos dolores no habría podido soportar ni
un instante más.
—¡Para mí! —dice Cardoville, haciéndome soltar—, yo no coseré a esta querida muchacha pero voy a
colocarla en un lecho de campaña que le devolverá todo el calor y toda la elasticidad que su
temperamento o su virtud nos niega.
La Rose saca inmediatamente de un gran armario una cruz diagonal de una madera muy espinosa. Encima
de allí es donde quiere que me coloque el insigne disoluto; pero ¿con qué procedimiento mejorará su cruel
goce? Antes de atarme, el propio Cardoville introduce en mi trasero una bola plateada del grosor de un
huevo; la hunde en él a fuerza de pomada; desaparece. Así que está en mi cuerpo, la noto hincharse, y
volverse ardiente; sin atender mis protestas, soy fuertemente agarrotada sobre aquel agudo caballete.
Cardoville me penetra pegándose a mí; aprieta mi espalda, mis riñones y mis nalgas contra las púas que lo
sostienen.
Julien se coloca también allí. Obligada a soportar el peso de los dos cuerpos, y sin tener más apoyo que
esos malditos nudos que me dislocan, podéis imaginaros fácilmente mis dolores; cuanto más rec