Literatura BDSM Historia de O | Page 91

Le reprochaba que no escupiera más que alguna que otra alga amarillenta parecida al estiércol de caballo, que fuera demasiado azul y que lamiera la orilla siempre en el mismo sitio. Pero en el jardín de la casa, que era una antigua granja remozada, se estaba lejos del mar. A derecha e izquierda, unas tapias altas protegían de los vecinos; el ala de la servidumbre daba al patio de entrada, en la otra fachada y la fachada del jardín en la que estaba la habitación de O que se abría directamente a una terraza situada en el primer piso, estaba orientada al Este. La copa de unos grandes laureles negruzcos rozaba las tejas árabes que servían de parapeto a la terraza. Un encañizado la protegía del sol de mediodía y las baldosas rojas del suelo eran iguales a las de la habitación. Salvo la pared que separaba la habitación de O de la de Sir Stephen —y era la pared de una gran alcoba delimitada por un arco y separada del resto de la habitación por una especie de barrera parecida a la barandilla de una escalera, de madera torneada—, las restantes estaban encaladas. Las gruesas alfombras blancas extendidas sobre las baldosas eran de algod ón y las cortinas, de lienzo amarillo y blanco. Había dos butacas cubiertas de la misma tela y colchones camboyanos azules, plegadas en tres. Completaban el mobiliario una hermosa cómoda de nogal estilo Regencia y una mesa campesina larga y estrecha, de madera clara, encerada, brillante como un espejo. O colgaba su ropa en un ropero. La cómoda le servía de tocador. A la pequeña Natalie la habían instalado cerca de la habitación de O y por las mañanas, a la hora en que sabía que O tomaba su baño de sol en la terraza, iba a reunirse con ella y se tumbaba a su lado. Era una muchachita muy blanca, de miembros redondeados y, sin embargo, esbelta, con ojos rasgados como los de su hermana, aunque negros y brillantes, que le daban aspecto de china. Su negro cabello estaba cortado formando un espeso flequillo y en línea recta, a ras de la nuca, detrás. Tenía unos senos pequeños, firmes y trémulos y unas caderas de niña, apenas