III. ANNE-MARIE Y LAS ANILLAS
O, para darse a sí misma una excusa, creía o quería creer que Jacqueline se mostraría arisca.
Pronto pudo desengañarse. Los aires pudorosos que afectaba Jacqueline, cerrando la puerta
del vestidor cada vez que se cambiaba, tenían precisamente la finalidad de azuzar a O, de
fomentar en ella el deseo de forzar una puerta que, abierta de par en par, no se decidía a
cruzar. Que la decisión de O viniera de una autoridad exterior a ella y no fuera resultado de
esta estrategia elemental era algo que Jacqueline estaba a mil leguas de imaginar. Al principio,
aquello divertía a O. Sentía un sorprendente placer, mientras ayudaba a Jacqueline a
arreglarse el pelo, por ejemplo, cuando Jacqueline se quitaba el traje con el que había posado
y se ponía el jersey de cuello alto y el collar de turquesas parecidas a sus ojos, al pensar que
aquella misma noche Sir Stephen conocería cada gesto de Jacqueline, si había permitido que O
asiera sus senos pequeños y separados a través del jersey negro, si sus pestañas más claras que
su piel se habían bajado sobre sus mejillas, si había gemido. Cuando O la besaba se ponía
fláccida, permanecía inmóvil entre sus brazos, se dejaba entreabrir la boca y tirar del pelo
hacia atrás. O tenía que procurar apoyarla siempre en el marco de una puerta o contra una
mesa y sujetarla por los hombros, pues, de otro modo, hubiera caído al suelo, con los ojos
cerrados, sin proferir ni una queja. En cuanto O la soltaba, se volvía otra vez de escarcha y
de hielo, risueña y distante y decía:
—Me has manchado de rojo —y se limpiaba los labios.
Ésta era la desconocida a la que O gustaba de traicionar, atisbando atentamente —para no
olvidar nada, decirlo todo— el lento rubor de sus mejillas y aspirando el olor a salvia de su
sudor. No se puede decir que Jacqueline desconfiara ni se defendiera. Cuando cedía a los besos
de O —y todavía no le había concedido sino besos que se dejaba robar, pero que no
devolvía—, se convertía bruscamente en otra persona, por espacio de diez segundos o cinco
minutos. Durante el resto del tiempo, se mostraba a un tiempo provocativa y huidiza, con una
increíble habilidad para la finta, arreglándose siempre impecablemente para no dar pie a un
solo gesto, ni a una palabra, ni siquiera a una mirada que permi tiera asociar a esta
triunfadora con la derrotada ni suponer que era tan fácil forzarle la boca. El único indicio por
el que podía uno guiarse y tal vez adivinar la turbación bajo el agua clara de su mirada, era
la sombra involuntaria de una sonrisa que, en su cara triangular, se parecía a una sonrisa de
gato, indecisa, fugaz e inquietante. De todos modos, O no tardó en descubrir que había dos