antes que la existencia: las ganas de existir— de mil y una cosas extrañas: de unos labios (y
de la mueca o la sonrisa que formen), de un hombro (y de su manera de encogerse), de unos
ojos (de una mirada suave o fría), en definitiva, de todo un cuerpo ajeno, con el espíritu o el
alma que lo habite, de un cuerpo que a cada instante puede hacerse más deslumbrante que el
sol o más helado que una llanura nevada. No resulta agradable pasar por ahí, y no me
hagan ustedes reír con sus suplicios. Tiemblas cuando ese cuerpo se agacha para abrochar la
hebilla de un zapato y te parece que todos te ven temblar. ¡Antes el látigo y los anillos en tu
carne! En cuanto a la libertad... Cualquier hombre o cualquier mujer que haya pasado por
eso, antes sentirá deseos de gritar contra ella, de desatarse en insultos, de proferir horrores.
No; no faltan los horrores en la Historia de O. Pero a veces me parece que, más que una
mujer, es una idea, una manera de pensar, una opinión lo que aquí se lleva al suplicio.
LA VERDAD SOBRE LA REBELIÓN
Es extraño, pero la felicidad en la esclavitud pasa hoy en día por ser una idea nueva. Ya
no existe el derecho de vida y de muerte en las familias, ni los castigos corporales y las
novatadas en los colegios, ni correctivos conyugales en los matrimonios y hoy se deja pudrir
tristemente en los calabozos a los hombres que en otros siglos morían orgullosamente en las
plazas públicas, decapitados. Hoy ya no infligimos más torturas que las anónimas e
inmerecidas. Aunque también son mil veces más atroces. Ahora son los habitantes de toda una
ciudad los que se asan de una sola vez en un bombardeo. El excesivo mimo del padre, del
maestro o del amante se paga con la lluvia de bombas, la rociada de napalm o la explosión del
átomo. Es como si en el mundo existiera cierto equilibrio misterioso de la violencia por la que
nosotros hubiéramos perdido el gusto y hasta el sentido. Y no me importa que sea una
mujer quien los recobre. Ni siquiera me extraña.
A decir verdad, yo no me hago sobre las muí res tantas ideas como suelen hacerse los
hombre Me sorprende que las haya. Más que sorprenderme me maravilla. De ahí viene que
ellas me parezcan maravillosas y las envidie. ¿Y qué envidio, real-mente?
En ocasiones, siento nostalgia de mi niñez. Pero lo que echo de menos no son las sorpresas
ni la revelación de que hablan los poetas. No. Recuerdo una época en la que me sentía
responsable de toda la tierra. Era unas veces campeón de boxeo; otras cocinero, orador político
(sí), general, ladrón y hasta piel roja, árbol o roca. Me dirán que era un juego. Sí, podría serlo
para ustedes, las personas mayores, pero no para mí, en absoluto. Era entonces cuando tenía el
mundo en la mano, con todos los quebraderos de cabeza y los peligros que ello supone: entonces era yo universal. Y aquí quería llegar.
Porque a las mujeres les es dado parecerse durante toda la vida a los niños que fuimos. Una
mujer puede hacer mil cosas que a mí se me escapan. En general, sabe coser. Sabe guisar. Sabe
amueblar una casa y cuáles son los estilos que no se dan de bofetadas (no digo que haga estas
cosas a la perfección, pero yo tampoco era un piel roja intachable). Y sabe muchas otras cosas.