traicionan. Extenúame. Líbrame de estos sueños. Entrégame. Adelántate para que no tenga ni
siquiera el tiempo de imaginar que te soy infiel. (Porque la realidad, en todo caso, preocupa
menos.) Pero procura antes marcarme con tu número. Si llevo la marca de tu fusta o de tus
cadenas, o esos anillos en mis labios, que sea evidente para todos que te pertenezco. Mientras
me golpeen o me violen de tu parte, tú serás mi único pensamiento, mi único deseo, mi
única obsesión. Es lo que tú querías, supongo. Pues bien, te amo y es también lo que quiero
yo.
»Si de una vez por todas dejo de ser yo, si ni mi boca, ni mi vientre, ni mis senos me
pertenecen, me convierto en una criatura de otro mundo en el que todo habrá cambiado de
sentido. Tal vez llegue un día en que ya no sepa nada de mí. ¿Qué significa para mí el placer,
qué significan las caricias de tantos hombres, enviados tuyos, a los que no distingo y que no
puedo comparar contigo?»
Así es como ella habla. Yo la escucho y comprendo que no miente. Trato de seguirla (es la
prostitución lo que durante mucho tiempo me confundió). Después de todo, puede que la
túnica ardiente de las mitologías no sea una simple alegoría; ni la prostitución sagrada, una
curiosidad histórica. Puede que las cadenas de las canciones ingenuas ni los «me muero de
amor» sean simple metáfora. Ni lo que dicen las mujeres de la calle a su amante particular:
«Te llevo dentro de la piel, puedes hacer de mí lo que tú quieras.» (Es curioso que, para
desembarazarnos de un sentimiento que nos desconcierta, optemos po ȁ