que, de pronto, empiezan a moverse o a suspirar o a sonar como una mandolina. La gente
viene a verlas desde muy lejos. Sin embargo, uno al principio quisiera escapar, por más que le
guste la música. ¿Y si, en definitiva, la función de los eróticos (de los libros peligrosos, si
ustedes prefieren) fuera ponernos al corriente? De orientarnos al modo de un confesor. Sé
muy bien que uno suele acostumbrarse. Y tampoco los hombres se sienten turbados durante
mucho tiempo. Toman partido en su favor y dicen que fueron ellos quienes empezaron.
Mienten y, para demostrarlo, ahí están los hechos: evidentes, más que evidentes.
Y las mujeres también, me dirán. Seguramente, pero en ellas el hecho no es visible. Ellas
siempre pueden decir que no. ¡Qué decencia! Y, seguramente, de ahí proviene la opinión de
que ellas son las más bellas de los dos y de que la belleza es feme nina. Más bellas no estoy
seguro. Si acaso, más discretas, menos aparentes, lo cual tiene un cierto tipo de belleza. Es la
segunda vez que hablo de decencia a propósito de un libro en el que ésta no interviene
demasiado...
Pero, ¿es cierto que no interviene? No estoy pensando en la decencia un poco insulsa, que
se contenta con disimular; que huye de la piedra y niega que la vio moverse. Hay otra clase
de decencia, la irreductible y pronta a castigar; la que humilla la carne con la suficiente
energía para devolverle su integridad primera y, por la fuerza, la hace retroceder a los días en
los que el deseo no se había declarado todavía y la roca no había cantado. Una decencia en
cuyas manos es peligroso caer. Porque, para satisfacerla, hay que ofrecerse con las manos
atadas a la espalda, las rodillas separadas, entre lágrimas y sudor.
Parece que estoy diciendo cosas espantosas. Es posible, pero el espanto es el pan nuestro
de cada día. Tal vez los libros peligrosos son simplemente aquellos que nos exponen a
nuestro peligro natural. ¿Qué enamorado no se asustaría si midiera un instante el alcance
del juramento que hace, y no a la ligera, de entregarse para toda la vida? ¿Qué enamorada,
si sopesara un segundo lo