Y, sin embargo, O, a su manera, expresa un ideal viril. Viril o, cuando menos, masculino. ¡Por
fin una mujer que confiesa! ¿Confiesa el qué? Eso que las mujeres siempre han rehusado (pero
nunca tanto como hoy). Eso que los hombres siempre les reprocharon: que no dejen de
obedecer a su sangre; que en ellas todo sea sexo, incluso su espíritu. Que habría que
alimentarlas sin cesar, lavarlas y maquillarlas sin cesar, pegarlas sin cesar. Que ellas necesi tan,
simplemente, un buen amo y un amo que desconfíe de su bondad: porque ellas, para hacerse
amar por otros, utilizan todo el ardor, la alegría y el carácter que les infunde nuestra ternura en
cuanto ésta se les manifiesta. En suma, que has de llevar el látigo cuando vas a verlas. Son
pocos los hombres que no hayan soñado con poseer a una Justine. Pero, que yo sepa, ni una
sola mujer había soñado con ser Justine. Por lo menos, soñado en voz alta, con ese orgullo de
la queja y del llanto, esa violencia arrolladora, con esa rapacidad del sufrimiento y esa
voluntad, tensa hasta el desgarro y el estallido. Mujer, tal vez, pero con car ácter de caballero y
de cruzado. Como si en ti llevases las dos naturalezas o el destinatario de la carta se
rehiciera tan presente a cada instante que tú hicieras tuyos y su voz. Pero, ¿qiué clase de
mujer, quien eres tú?
De todos modos la Historia de O viene de lejos. En primer lugar observo en ella ese sosiego,
esos espacios que se hacen en un relato que ha sido concebido durante mucho tiempo por el
autor: que se le ha hecho familiar. ¿Quien es Paulien Réage? ¿Una simple soñadora como hay
tantas? (Ellas dicen que basta con escuchar el corazón. Es un corazón al que nada para.) ¿Es una
mujer de experiencia que pasó por ello? Que pasó por ello y se asombra de que una aventura que
empezó o ten bien— o por lo menos, tan seriamente, con ascetismo y castigo— acaba tan mal, en
un placer más bien sórdido, por que a fin de cuentas, estamos de acuerdo, O se queda en
aquella especie de casa de citas en la que la hizo entrar el amor, se queda y no se en cuentra
tan mal. Sin embargo, a este respecto:
//. UNA DECENCIA IMPLACABLE
A mí también me asombra ese final. No hay quien me haga creer que éste es el verdadero
final. Que en la realidad (por así decirlo), tu heroína no consigue que Sir Stephen la haga
morir. Que él no le quite los hierros hasta después de muerta. Pero, evidentemente, no está todo
dicho y esta abeja —hablo de Pauline Réage— se ha guardado para sí una parte de su miel.
Quién sabe, acaso por esta sola vez ha sentido una preocupación de escritor: narrar un día la
continuación de las aventuras de O. Es posible asimismo que, al ser este final tan evidente, creyó que no valía la pena escribirlo. Nosotros lo descubrimos solos sin el menor esfuerzo. Lo
descubrimos y nos obsesiona un poco. Pero tú, ¿cómo la inventaste tú? ¿Y qué nombre hay
que dar a esta aventura? Insisto en ello porque estoy seguro de que una vez hallados, los taburetes
y las camas con barrotes y hasta las mismas cadenas tendrán explicación, permitirán ir y venir
entre ellas esta gran figura oscura, este fantasma lleno de intención, estos alientos extraños.
Aquí tengo que pensar forzosamente en lo que hay de extraño precisamente en el deseo
masculino: en lo que hay de insostenible. Se ven esas piedras en las que soplan los vientos