Pero aquí se trata de otra clase de textos peligrosos. Concretamente, de los eróticos
/. DECISIVO COMO UNA CARTA
Aunque, ¿por qué los llaman peligrosos? Eso es algo, por lo menos, imprudente. Algo que
parece hecho, contando con que nos sintamos medianamente valientes, para instarnos a leerlos
y exponernos al peligro. Y por algo será que las Sociedades Geográficas aconsejan a sus
miembros no hacer mucho hincapié en los peligros corridos. No es por modestia, sino por no
tentar a nadie (como se ve todavía por la facilidad de las guerras). Pero, ¿qué peligros?
Hay uno, por lo menos, que veo claramente desde aquí. Es un peligro modesto.
Evidentemente, La historia de O es uno de esos libros que marcan al lector, que no lo dejan
como lo encontraron, sino curiosamente mezclados a la influencia que ejercen y
transformándose con ella. Después de varios años ya no son los mismos libros. De manera que,
muy pronto, los primeros críticos parecen haber sido un poco bobos. Pero, ¡qué importa!, un
crítico nunca debe dudar en ponerse en ridículo. De manera que lo más sencillo será
confesar que yo no sé muy bien por dónde ando. Avanzo por O de un modo curioso, como en
un cuento de hadas —ya se sabe que los cuentos de hadas son las novelas eróticas de los niños
—, como en uno de esos castillos encantados que parecen abandonados y, sin embargo, los
sillones enfundados, los taburetes y las camas de barrotes están bien sacudidos, como los
látigos y las fustas que lo están, digamos, por naturaleza. Ni asomo de herrumbre en las
cadenas, ni el más leve vaho en las baldosas de colores. La primera palabra que se me ocurre
cuando pienso en O es decencia. Palabra difícil de justificar. Dejémoslo. Y ese viento que atraviesa sin parar todas las habitaciones. Alienta también en O no sabría decir qué espíritu puro
y violento, sin parar, sin mezcla alguna. Es un espíritu decisivo al que nada arredra, de
suspiros en horrores y de éxtasis en náusea. Y, a decir verdad, en general mis preferencias
son otras: me gustan las obras en las que el autor vacila; en las que deja entrever, por cierta
turbación, que el tema lo intimidó; que dudó de si llegaría a salir con bien. Pero la Historia
de O, está llevada, de principio a fin, como una pirueta. Te hace pensar más en un discurso
que en una simple efusión; en una carta más que en un Diario íntimo. Pero una carta
dirigida ¿a quién? Un discurso para convencer ¿a quién? ¿Y a quién preguntárselo? Ni
siquiera sé quién es usted.
Que es una mujer no lo dudo. Y no tanto por esos detalles en los que se complace, los
vestidos de satén verde, los ceñidores y las faldas levantadas varias vueltas: como un mechón de
pelo en un bigudí, sino en que: el día en que Re