LA FELICIDAD EN LA ESCLAVITUD
UNA REVUELTA EN BARBADOS
Una singular revuelta ensangrentó, en el curso del año de 1838, la pacífica isla de
Barbados. Unos doscientos negros, hombres y mujeres que recientemente habían sido
manumitidos por las Ordenanzas de marzo, fueron a pedir una mañana a su antiguo amo, un tal
Glenelg, que volviera a tomarlos como esclavos. Se dio lectura al pliego de reclamaciones,
redactado por un pastor anabaptista que llevaban con ellos. Pero Glenelg, bien por timidez,
por escrúpulo o, simplemente, por temor a la ley, no se dejó convencer. En vista de lo cual, fue
en un principio suavemente zarandeado y después asesinado con toda su familia por los
negros, quienes aquella misma noche volvieron a sus chozas, dedicándose a sus charlas, sus
trabajos y sus ritos habituales. El caso pudo taparse rápidamente gracias a los desvelos del
gobernador Mac Gregor y la liberación siguió su curso. El pliego de reclamaciones no pudo
ser hallado.
A veces, pienso en el pliego aquel. Probablemente, junto a reclamaciones justas, relativas
a la organización de los talleres, a la sustitución del látigo por la celda y a la prohibición de
ponerse enfermos que se hacía a los «aprendices» —así se llamaba a los nuevos trabajadores
libres—, debía de contener, por lo menos, el esbozo de una apología de la esclavitud. Por
ejemplo, la observación de que las únicas libertades a las que somos sensibles son aquellas
que someten a otros a una servidumbre equivalente. No existe un hombre que se alegre de
respirar libremente. Pero, por ejemplo, si yo consigo poder tocar el banjo hasta las dos de la
madrugada, mi vecino pierde la libertad de no oírme tocar el banjo hasta las dos de la
madrugada. Si yo consigo vivir sin trabajar, otro tendrá que trabajar por dos. Y ya se sabe
que, en el mundo, una pasión incondicional por la libertad, pronto acarrea forzosamente conflictos y guerras no menos incondicionales. Añádase a ello que, debido a los efectos de la
dialéctica, el esclavo está destinado a convertirse en amo a su vez, sería un error querer
precipitar las leyes de la Naturaleza. Añádase, también, que no deja de tener su grandeza y su
alegría eso de abandonarse a la voluntad ajena (como hacen los enamorados y los místicos) y
verse, ¡al fin!, libre de placeres, intereses y complejos personales. En suma, que hoy aquel
pliego sería considerado más peligroso que hace ciento veinte años.