Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 452

embarcadero. A Christian se le escapa la risa. —Oh, aquello fue muy divertido. De hecho… Y de repente se me carga al hombro, y yo chillo, aunque no creo que vayamos demasiado lejos. —Estabas muy enfadado, si no recuerdo mal —digo jadeante. —Anastasia, yo siempre estoy muy enfadado. —No, no es verdad. Él me da un cachete en el trasero y se detiene frente a la puerta de madera. Me baja deslizándome por su cuerpo hasta dejarme en el suelo, y me coge la cabeza entre las manos. —No, ya no. Se inclina y me besa con fuerza. Cuando se aparta, me falta el aire y el deseo domina mi cuerpo. Baja los ojos hacia mí, y el resplandor luminoso que sale de la casita del embarcadero me permite ver que está ansioso. Mi hombre ansioso, no un caballero blanco ni oscuro, sino un hombre: un hombre hermoso y ya no tan destrozado al que amo. Levanto la mano y le acaricio la cara. Deslizo los dedos sobre sus patillas y por la mandíbula hasta el mentón, y dejo que mi dedo índice le acaricie los labios. Él se relaja. —Tengo que enseñarte una cosa aquí dentro —murmura, y abre la puerta. La cruda luz de los fluorescentes ilumina la impresionante lancha motora, que se mece suavemente en las aguas oscuras del muelle. A su lado se ve un pequeño bote de remos. —Ven. Christian toma mi mano y me conduce por los escalones de madera. Al llegar arriba, abre la puerta y se aparta para dejarme entrar. Me quedo con la boca abierta. La buhardilla está irreconocible. La habitación está llena de flores… hay flores por todas partes. Alguien ha creado un maravilloso emparrado de preciosas flores silvestres, entremezcladas con centelleantes luces navideñas y farolillos que inundan la habitación de un fulgor pálido y tenue. Vuelvo la cara para mirarle, y él me está observando con una expresión inescrutable. Se encoge de hombros. —Querías flores y corazones —murmura. Apenas puedo creer lo que estoy viendo. —Mi corazón ya lo tienes. —Y hace un gesto abarcando la habitación. —Y aquí están las flores —susurro, terminando la frase por él—. Christian, es precioso. No se me ocurre qué más decir. Tengo un nudo en la garganta y las lágrimas