Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 445
¿Cuándo aprenderás que eso no es asunto tuyo?
Me mira horrorizada con la boca abierta y se limpia la bebida pegajosa de
la cara. Creo que está a punto de abalanzarse sobre mí, pero de pronto se queda
paralizada cuando se abre la puerta.
Christian aparece en el umbral. Tarda una fracción de segundo en hacerse
cargo de la situación: yo, pálida y temblorosa; ella, empapada y lívida. Su hermoso
rostro se ensombrece, crispado por la rabia, y se coloca entre ambas.
—¿Qué coño estás haciendo, Elena? —dice en un tono glacial y
amenazador.
Ella levanta la vista hacia él y parpadea.
—Ella no es buena para ti, Christian —susurra.
—¿Qué? —grita él, y ambas nos sobresaltamos.
No le veo la cara, pero todo su cuerpo está tenso e irradia animosidad.
—¿Tú cómo coño sabes lo que es bueno para mí?
—Tú tienes necesidades, Christian —dice ella en un tono más suave.
—Ya te lo he dicho: esto no es asunto tuyo, joder —ruge.
Oh, no… El furioso Christian ha asomado su no tan espantoso rostro. Va a
oírle todo el mundo.
—¿De qué va esto? —Christian se queda callado un momento, fulminándola
con la mirada—. ¿Piensas que eres tú? ¿Tú? ¿Crees que tú eres la persona adecuada
para mí? —dice en un tono más bajo, pero impregnado de desdén, y de pronto siento
deseos de marcharme de aquí. No quiero presenciar este enfrentamiento íntimo. Pero
estoy paralizada: mis extremidades se niegan a moverse.
Elena traga saliva y parece como si se obligara a erguirse. Su postura
cambia de forma sutil y se convierte en autoritaria. Da un paso hacia él.
—Yo fui lo mejor que te pasó en la vida —masculla con arrogancia—.
Mírate ahora. Uno de los empresarios más ricos y triunfadores de Estados Unidos,
equilibrado, emprendedor… Tú no necesitas nada. Eres el amo de tu mundo.
Él retrocede como si le hubieran golpeado, y la mira atónito y enfurecido.
—Aquello te encantaba, Christian, no intentes engañarte a ti mismo. Tenías
una tendencia autodestructiva de la cual te salvé yo, te salvé de acabar en la cárcel.
Créeme, nene, hubieras acabado allí. Yo te enseñé todo lo que sabes, todo lo que
necesitas.
Christian se pone pálido, mirándola horrorizado, y cuando habla lo hace
con voz queda y escéptica.
—Tú me enseñaste a follar, Elena. Pero eso es algo vacío, como tú. No me
extraña que Linc te dejara.
Yo siento cómo la bilis me sube por la garganta. No debería estar aquí.
Pero estoy petrificada, morbosamente fascinada, mientras ellos se destrozan el uno al
otro.