Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Seite 421

Me quita una de las esposas, de modo que mis brazos caen hacia delante. Mi cabeza cuelga sobre su hombro, y estoy perdida, totalmente perdida en esta sensación abrumadora. No soy más que respiración alterada, exhausta de deseo, y dulce y placentero olvido de todo. Soy vagamente consciente de que Christian me levanta, me lleva a la cama y me tumba sobre las refrescantes sábanas de satén. Al cabo de un momento, sus manos, todavía untuosas, me masajean dulcemente detrás de los muslos, las rodillas, las pantorrillas y los hombros. Noto que la cama cede un poco cuando él se tumba a mi lado. Me quita el antifaz, pero no tengo fuerzas para abrir los ojos. Busca la trenza y me suelta el pelo, y se inclina hacia delante para besarme dulcemente en los labios. Solo mi respiración errática interrumpe el silencio de la habitación, y va estabilizándose a medida que vuelo de nuevo hacia la tierra. Ya no se oye la música. —Maravilloso —murmura. Finalmente consigo abrir un ojo y descubro que él me está mirando fijamente con una leve sonrisa. —Hola —dice. Consigo contestar con un gemido y su sonrisa se ensancha —. ¿Te ha parecido suficientemente brusco? Yo asiento y le sonrío como puedo. Vaya, si hubiera sido más brusco tendría que habernos azotado a los dos. —Creo que intentas matarme —musito. —Muerta por orgasmo. —Sonríe—. Hay formas peores de morir —dice, pero después frunce el ceño levísimamente, como si de pronto hubiera pensado en algo desagradable. Su gesto me inquieta. Me incorporo y le acaricio la cara. —Puedes matarme así siempre que quieras —murmuro. Me doy cuenta de que está desnudo, espléndido y preparado para la acción. Cuando me coge la mano y me besa los nudillos, yo me enderezo, le atrapo la cara con las manos y llevo su boca a mis labios. Me besa fugazmente y luego se para. —Esto es lo que quiero hacer —susurra. Busca bajo la almohada el mando de la música, aprieta un botón y los suaves acordes de una guitarra resuenan entre las paredes. —Quiero hacerte el amor —dice, mirándome fijamente. Sus ojos grises brillan sinceros y ardientes. Al fondo se oye una voz familiar que empieza a cantar «The First Time Ever I Saw Your Face». Y sus labios buscan los míos. Mientras me abrazo a él y me rindo de nuevo al éxtasis liberador, Christian se deja ir en mis brazos, con la cabeza echada hacia atrás y gritando mi nombre. Él me estrecha contra su pecho y permanecemos sentados nariz contra nariz en medio de su cama inmensa, yo a horcajadas sobre él. Y en este momento, este momento de felicidad