Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | страница 416
mejilla.
—¿No me digas? —musita, y desliza el pulgar sobre mi labio inferior—.
Yo soy tu amante, Anastasia, no tu Amo. Me encanta oír tus carcajadas y esa risita
infantil. Me gustas relajada y contenta, como en las fotografías de José. Esa es la chica
que un día entró cayendo de bruces en mi despacho. Esa es la chica de la que un día me
enamoré.
Me quedo con la boca abierta, y en mi corazón brota una grata calidez. Es
dicha… pura dicha.
—Pero, una vez dicho esto, a mí también me gusta tratarla con dureza,
señorita Steele, y mi álter ego sabe un par de trucos. Así que haz lo que te ordeno y
date la vuelta.
Sus ojos brillan perversos, y la dicha se traslada de repente hacia abajo,
por debajo de la cintura, y se apodera de mí tensándome todos los músculos. Hago lo
que me ordena. Él abre uno de los cajones a mis espaldas, y al cabo de un momento
vuelvo a tenerle frente a mí.
—Ven —ordena, tira de la corbata y me lleva hacia la mesa.
Cuando pasamos junto al sofá, me doy cuenta por primera vez de que han
desaparecido todas las varas, y me distraigo un momento. ¿Estaban aquí ayer cuando
entré? No me acuerdo. ¿Se las ha llevado Christian? ¿La señora Jones? Él interrumpe
mis pensamientos.
—Quiero que te pongas de rodillas encima —dice cuando llegamos junto a
la mesa.
Ah, muy bien. ¿Qué tiene en mente? La diosa que llevo dentro está
impaciente por averiguarlo: ya está subida en la mesa completamente abierta y
mirándole con adoración.
Él me sube a la mesa con delicadeza, y yo me siento sobre las piernas y
quedo de rodillas frente a él, sorprendida de mi propia agilidad. Ahora estamos al
mismo nivel. Baja las manos por mis muslos, me agarra las rodillas, me separa las
piernas y se queda plantado justo delante de mí. Está muy serio, con los ojos
entornados y más oscuros… lujuriosos.
—Pon los brazos a la espalda. Voy a esposarte.
Saca unas esposas de cuero del bolsillo de atrás y se me acerca. Allá
vamos. ¿A qué dimensión de placer va a transportarme esta vez?
Su proximidad resulta embriagadora. Este hombre va a ser mi marido. ¿Qué
más puede ambicionar nadie con un marido como este? No recuerdo haber leído nada
al respecto. No puedo resistirme, y deslizo mis labios entreabiertos por su mentón,
saboreando su barba incipiente con la lengua, irritante y suave al mismo tiempo, una
mezcla tremendamente erótica. Él se queda quieto y cierra los ojos. Se le altera la
respiración y se aparta.
—Para, o esto se terminará mucho antes de lo que deseamos los dos —me