Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 405
—No quiero irme, nunca.
Le beso el cuello, y él se inclina y me besa también con dulzura.
Al cabo de un momento, se remueve un poco.
—Ven… vamos a secarte, y luego a la cama. Yo estoy exhausto, y a ti
parece que te hayan dado una paliza.
Al oír estas palabras, me inclino hacia atrás y arqueo una ceja. Él ladea la
cabeza y me sonríe con ironía.
—¿Algo que decir, señorita Steele?
Niego con la cabeza y me pongo de pie algo tambaleante.
***
Estoy sentada en la cama. Christian se ha empeñado en secarme el pelo… y
lo hace bastante bien. Me desagrada pensar cómo adquirió esa habilidad, así que alejo
la idea de mi mente. Son más de las dos de la madrugada, y estoy deseando dormir.
Antes de meterse en la cama, Christian baja de nuevo la mirada hacia el llavero y
vuelve a menear la cabeza sin dar crédito.
—Es fantástico. El mejor regalo de cumpleaños que he tenido nunca. —Me
mira fijamente, con ojos dulces y cariñosos—. Mejor que el póster firmado de
Giuseppe DeNatale.
—Te lo habría dicho antes, pero como se acercaba tu cumpleaños… ¿Qué
le das a un hombre que lo tiene todo? Así que pensé en darme… yo.
Deja el llavero en la mesita de noche y se acurruca a mi lado. Me acoge en
sus brazos, me estrecha contra su pecho y se queda abrazado a mi espalda.
—Es perfecto. Como tú.
Sonrío, aunque él no puede verme.
—Yo no soy perfecta, ni mucho menos, Christian.
—¿Está sonriendo, señorita Steele?
¿Cómo lo sabe?
—Tal vez —respondo con una risita—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —dice acariciándome el cuello con la nariz.
—No llamaste mientras volvías de Portland. ¿Fue en realidad por culpa de
José? ¿Te preocupaba que me quedara a solas con él?
Christian no dice nada. Me doy la vuelta para verle la cara, y él me mira
con los ojos muy abiertos, como si le estuviera reprochando algo.
—¿Te das cuenta de lo ridículo que es eso? ¿De lo mal que nos lo has
hecho pasar a tu familia y a mí? Todos te queremos mucho.
Él parpadea un par de veces y después me dedica su sonrisa tímida.
—No imaginaba que todos os preocuparíais tanto.
Frunzo los labios.
—¿Cuándo te entrará en esa cabeza tan dura que la gente te quiere?
—¿Cabeza dura?