Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Seite 388

corazón.» El nudo que tengo en la garganta se hace más grande. Oh, Christian, sí tienes, sí tienes corazón, y es mío. Quiero adorarlo para siempre. Aunque él sea un hombre tan complejo y problemático, yo le quiero. Nunca habrá nadie más. Jamás. Recuerdo estar sentada en el Starbucks sopesando los pros y los contras de mi Christian. Todos esos contras, incluso esas fotografías que encontré esta mañana, se desvanecen ahora como algo insignificante. Solo importa él, y si volverá. Oh, por favor, Señor, devuélvemelo, haz que esté bien. Iré a la iglesia… haré lo que sea. Oh, si consigo recuperarle, disfrutaré de cada momento. Su voz resuena de nuevo en mi mente: «Carpe diem, Ana». Sigo contemplando las llamas con más vehemencia, las lenguas de fuego siguen ardiendo, centelleando, entrelazándose. Entonces Grace suelta un grito, y todo empieza a moverse a cámara lenta. —¡Christian! Me doy la vuelta justo a tiempo de ver a Grace, que estaba detrás de mí caminando arriba y abajo, cruzar el salón a toda velocidad, y ahí, de pie en el umbral, está un consternado Christian. Solo lleva los pantalones del traje y la camisa, y sostiene en la mano la americana, los calcetines y los zapatos. Se le ve cansado, sucio, y extraordinariamente atractivo. Dios santo… Christian. Está vivo. Le miro aturdida, intentando discernir si realmente está aquí o es una alucinación. Parece absolutamente desconcertado. Deja la chaqueta y los zapatos en el suelo justo cuando Grace le lanza los brazos al cuello y le besa muy fuerte la mejilla. —¿Mamá? Christian la mira, totalmente perplejo. —Creí que no volvería a verte más —susurra Grace, expresando en voz alta el temor general. —Estoy aquí, mamá. Y percibo en su tono un deje de consternación. —Creí que me moría —musita ella con un hilo de voz, haciéndose eco de mis pensamientos. Gime y solloza, incapaz de seguir reprimiendo el llanto. Christian frunce el ceño, no sé si horrorizado o mortificado, y acto seguido la abraza con fuerza y la estrecha contra él. —Oh, Christian —dice con la voz ahogada por el llanto, rodeándole con sus brazos y sollozando con la cara hundida en su cuello, olvidado ya todo autocontrol, y él no se resiste. Se limita a sostenerla y a mecerla adelante y atrás, consolándola. Las lágrimas anegan mis ojos. Carrick grita desde el pasillo: —¡Está vivo! ¡Dios… estás aquí! —exclama saliendo repentinamente del