Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 374
Es como si me tocara por debajo de la cintura… la diosa que llevo dentro
ejecuta cuatro arabesques y un pas de basque.
—Sí.
Dios, estoy jadeando, desesperada.
Él se inclina ligeramente hacia delante. Yo cierro los ojos y espero su beso,
pensando: Por fin. Pero no pasa nada. Pasados unos segundos interminables, abro los
ojos y descubro que me está mirando fijamente. No sé qué está pensando, pero antes de
que pueda decir nada, vuelve a descolocarme.
—Si te beso ahora, no conseguiremos llegar al piso. Vamos.
¡Agh! ¿Cómo puede ser tan frustrante este hombre? Baja del coche.
Una vez más, esperamos el ascensor. Mi cuerpo vibra de expectación.
Christian me coge la mano y me pasa el pulgar sobre los nudillos, rítmicamente, y con
cada caricia me estremezco por dentro. Oh, deseo sus manos en todo mi cuerpo. Ya me
ha torturado bastante.
—¿Y qué pasó con la gratificación instantánea? —murmuro mientras
esperamos.
—No es apropiada en todas las situaciones, Anastasia.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta noche.
—¿Por qué me torturas así?
—Ojo por ojo, señorita Steele.
—¿Cómo te torturo yo?
—Creo que ya lo sabes.
Le miro fijamente, pero es difícil interpretar su expresión. Quiere que le dé
una respuesta… eso es.
—Yo también estoy a favor de aplazar la gratificación —murmuro con una
sonrisa tímida.
De pronto, tira de mi mano y me toma en sus brazos. Me agarra el pelo de
la nuca y me echa la cabeza hacia atrás suavemente.
—¿Qué puedo hacer para que digas que sí? —pregunta febril, y vuelve a
pillarme a contrapié.
Me quedo mirando su expresión encantadora, seria y desesperada.
—Dame un poco de tiempo… por favor —murmuro.
Deja escapar un leve gruñido, y por fin me besa, larga y apasionadamente.
Luego entramos en el ascensor, y somos solo manos y bocas y lenguas y labios y dedos
y cabello. El deseo, denso y fuerte, invade mi sangre y enturbia mi mente. Él me
empuja contra la pared, presionando con sus caderas, sujetándome con una mano en mi
pelo y la otra en mi barbilla.
—Te pertenezco —susurra—. Mi destino está en tus manos, Ana.
Sus palabras me embriagan, y ardo en deseos de despojarle de la ropa. Tiro