Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 366

—Siéntate a mi lado —dice. Me deslizo en el asiento y él vuelve a sentarse —. He elegido por ti. Espero que no te importe. Me entrega mi copa de champán mirándome fijamente, y su mirada escrutadora me enciende de nuevo la sangre. Apoya las manos en los muslos. Yo me tenso y separo un poco las piernas. Llega el camarero con una bandeja de ostras sobre hielo picado. Ostras… El recuerdo de los dos en el comedor privado del Heathman aparece en mi mente. Estábamos hablando de su contrato. Oh, Dios. Hemos recorrido un camino muy largo desde entonces. —Me parece que las ostras te gustaron la última vez que las probaste. Su tono de voz es ronco y seductor. —La única vez que las he probado —susurro con un evidente deje sensual en la voz. En su boca se dibuja una sonrisa. —Oh, señorita Steele… ¿cuándo aprenderá? —musita. Toma una ostra de la bandeja y levanta la otra mano del muslo. Contengo el aliento a la expectativa, pero él coge una rodaja de limón. —… ¿Aprender qué? —pregunto. Dios, tengo el pulso acelerado. Él exprime el limón sobre el marisco con sus dedos esbeltos y hábiles. —Come —dice, y me acerca la concha a la boca. Separo los labios, y él la apoya delicadamente sobre mi labio inferior—. Echa la cabeza hacia atrás muy despacio —murmura. Hago lo que me dice y la ostra se desliza por mi garganta. Él no me toca, solo la concha. Christian se come una, y luego me ofrece otra. Seguimos con este ritual de tortura hasta que nos acabamos toda la docena. Su piel nunca roza la mía. Me está volviendo loca. —¿Te siguen gustando las ostras? —me pregunta cuando me trago la última. Asiento ruborizada, ansiando que me toque. —Bien. Me estremezco y me remuevo en el asiento. ¿Por qué resulta tan erótico todo esto? Él vuelve a apoyar la mano tranquilamente sobre el muslo, y yo me siento morir. Ahora. Por favor. Tócame. La diosa que llevo dentro está de rodillas, desnuda salvo por las bragas, suplicando. Él se pasa la mano arriba y abajo por el muslo, la levanta, y vuelve a dejarla donde estaba. El camarero nos llena las copas de champán y retira rápidamente los platos. Al cabo de un momento vuelve con el principal: lubina —no doy crédito—, acompañada de espárragos, patatas salteadas y salsa holandesa.