Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 363

—no, más bien sala para banquete—, con una salita familiar contigua —¡familiar!—, además de una sala de música, una biblioteca, un estudio y, para gran sorpresa mía, una piscina cubierta y un pequeño gimnasio con sauna y baño de vapor. Abajo, en el sótano, hay una sala de cine —uau— y un cuarto de juegos. Mmm… ¿qué tipo de juegos practicaremos aquí? La señorita Kelly nos va señalando todo tipo de detalles y ventajas, pero en esencia la casa es preciosa y se nota que un día fue el hogar de una familia feliz. Ahora está un poco descuidada, pero nada que no se pueda arreglar con una buena reforma. Subimos detrás de la señorita Kelly la magnífica escalinata principal hasta la planta de arriba, y apenas puedo contener la emoción: esta casa tiene todo lo que se puede desear en un hogar. —¿No podría convertirse la casa ya existente en una más ecológica y autosostenible? Christian me mira parpadeando, desconcertado. —Tendría que preguntárselo a Elliot. Él es el experto. La señorita Kelly nos lleva a la suite principal, con unos ventanales hasta el techo que dan a un balcón, donde las vistas son también espectaculares. Me podría pasar todo el día sentada en la cama mirando a través de los ventanales, contemplando los barcos navegar y los sutiles cambios del tiempo. En esta planta hay cinco dormitorios más. ¡Niños! Aparto inmediatamente esa idea. Ya tengo demasiadas cosas en las que pensar. La señorita Kelly está sugiriéndole a Christian que en la finca se podrían instalar unas cuadras y un cercado. ¡Caballos! Aparecen en mi mente imágenes terroríficas de mis escasas clases de equitación, pero Christian no parece estar escuchándola. —¿El cercado estaría en los terrenos del prado? —pregunto. —Sí —contesta radiante la señorita Kelly. Para mí el prado es un sitio donde tumbarse sobre la hierba alta y hacer picnics, no para que retocen malvados cuadrúpedos satánicos. Cuando volvemos al salón principal, la señorita Kelly se retira discretamente y Christian vuelve a llevarme a la terraza. El sol ya se ha puesto y las luces urbanas de la península de Olympic centellean en el extremo más alejado del Sound. Christian me toma entre sus brazos, me levanta la barbilla con el dedo índice y clava sus ojos en mí. —¿Demasiadas cosas que digerir? —pregunta con una expresión inescrutable. Asiento. —Quería comprobar que te gustaba antes de comprarla. —¿La vista? Asiente.