Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Página 356
—¿Así que lo he hecho bien, eh? —murmura.
Me sonrojo.
—En general, sí.
—Bien, en ese caso…
Me da las llaves, se dirige hasta la puerta del conductor y me la abre.
***
—Aquí a la izquierda —ordena Christian, mientras circulamos en dirección
norte hacia la interestatal 5—. Demonios… cuidado, Ana.
Se agarra al salpicadero.
Oh, por Dios. Pongo los ojos en blanco, pero no me vuelvo a mirarle. Van
Morrison canta de fondo en el equipo de sonido del coche.
—¡Más despacio!
—¡Estoy yendo despacio!
Christian suspira.
—¿Qué te ha dicho el doctor Flynn?
Capto la ansiedad que emana de su voz.
—Ya te lo he explicado. Dice que debería concederte el beneficio de la
duda.
Maldita sea… quizá debería haber dejado que condujera Christian. Así
podría observarle. De hecho… Pongo el intermitente para detener el coche.
—¿Qué estás haciendo? —espeta, alarmado.
—Dejar que conduzcas tú.
—¿Por qué?
—Así podré mirarte.
Se echa a reír.
—No, no… querías conducir tú. Así que sigue conduciendo, y yo te miraré
a ti.
Le pongo mala cara.
—¡No apartes la vista de la carretera! —grita.
Me hierve la sangre. ¡Hasta aquí! Acerco el coche al bordillo justo delante
de un semáforo, salgo del coche dando un portazo y me quedo de pie en la acera, con
los brazos cruzados. Le fulmino con la mirada. Él también se baja del Saab.
—¿Qué estás haciendo? —pregunta enfurecido.
—No, ¿qué estás haciendo tú?
—No puedes aparcar aquí.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué aparcas?
—Porque ya estoy harta de que me des órdenes a gritos. ¡O conduces tú o
dejas de comentar cómo conduzco!
—Anastasia, vuelve a entrar en el coche antes de que nos pongan una multa.