Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Page 351

labios. —Eso ya no se considera un término psiquiátrico. No sé cuántas veces se lo he repetido a Christian. Ni siquiera se considera una parafilia desde los años noventa. El doctor Flynn ha conseguido que vuelva a perderme. Le miro y parpadeo. Él reacciona con una sonrisa amable. —Esa es mi cruz —afirma meneando la cabeza—. Simplemente Christian piensa lo peor en cualquier situación. Forma parte de ese aborrecimiento que siente por sí mismo. Por supuesto que existe el sadismo sexual, pero no es una enfermedad: es una opción vital. Y si se practica de forma segura, dentro de una relación sana y consentida entre adultos, no hay problema. Por lo que yo sé, todas las relaciones BDSM que ha mantenido Christian han sido así. Tú eres la primera amante que no lo ha consentido, de manera que está dispuesto a no hacerlo. ¡Amante! —Pero seguramente no resulte tan sencillo. —¿Por qué no? El doctor Flynn se encoge de hombros con expresión afable. —Bien… las razones por las que lo hace. —Esa es la cuestión, Ana. En términos de la terapia breve centrada en soluciones, es así de simple. Christian quiere estar contigo. Para eso, tiene que renunciar a los aspectos más extremos de ese tipo de relación. Al fin y al cabo, lo que tú pides es razonable… ¿verdad? Me sonrojo. Sí, es razonable, ¿verdad? —Eso pienso yo. Pero me preocupa lo que piense él. —Christian lo ha admitido y ha actuado en consecuencia. Él no está loco. —El doctor Flynn suspira—. En resumen, no es un sádico, Ana. Es un joven brillante, airado y asustado, a quien al nacer le tocó una espantosa mano de cartas en la vida. Todos podemos golpearnos el pecho de indignación ante esa injusticia, y analizar hasta la extenuación el quién, el cómo y el porqué de todo ello; o Christian puede avanzar y decidir cómo quiere vivir de ahora en adelante. Había descubierto algo que le funcionó durante unos años, más o menos, pero desde que te conoció, ya no le funciona. Y en consecuencia, ha cambiado su modus operandi. Tú y yo tenemos que respetar su elección y apoyarle. Le miro confusa. —¿Y esa es mi garantía de tranquilidad? —La mejor posible, Ana. En esta vida no hay garantías. —Sonríe—. Y esta es mi opinión profesional. Le devuelvo una débil sonrisa. Bromas de médicos… vaya. —Pero él se