Literatura BDSM Cincuenta sombras más oscuras | Página 312

Dios, los e-mails. Oh, no. ¿Qué he puesto en ellos? —Jack, ¿de qué estás hablando? Trato de parecer desconcertada, y resulto bastante convincente. Esta conversación no va por donde esperaba y no me fío lo más mínimo de él. Alguna feromona subliminal que exuda del cuerpo de Jack me mantiene en máxima alerta. Este hombre está enfadado, es voluble y totalmente impredecible. Intento razonar con él. —Acabas de decir que tuviste que convencer a Elizabeth para contratarme. ¿Cómo pueden haberme introducido aquí para espiar? Aclárate, Jack. —Pero Grey se cargó lo del viaje a Nueva York, ¿no? Oh, no. —¿Cómo lo consiguió, Ana? ¿Qué hizo tu poderoso novio formado en las más prestigiosas universidades? La poca sangre que me quedaba en las venas desaparece, y creo que voy a desmayarme. —No sé de qué estás hablando, Jack —susurro—. Tu taxi está a punto de llegar. ¿Te traigo tus cosas? Oh, por favor, deja que me vaya. Acaba ya con esto. Jack disfruta viéndome en esa situación tan incómoda y agobiante, y continúa: —¿Y él cree que intentaré propasarme contigo? —Sonríe y se le enardece la mirada—. Bueno, quiero que pienses en una cosa mientras estoy en Nueva York. Yo te di este trabajo y espero cierta gratitud por tu parte. En realidad, tengo derecho. Tuve que pelear para conseguirte. Elizabeth quería a alguien más cualificado, pero… yo vi algo en ti. De manera que hemos de hacer un pacto. Un pacto que me deje satisfecho. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo, Ana? ¡Dios! —Considéralo, si lo prefieres, como una nueva definición de tu trabajo. Y, si me satisfaces, no investigaré más a fondo qué teclas ha tocado tu novio, qué contactos ha exprimido, o qué favores se ha cobrado de algún compañero de una de esas pijas fraternidades universitarias. Le miro con la boca abierta. Me está haciendo chantaje… ¡a cambio de sexo! ¿Y qué puedo decir? Aún faltan tres semanas para que la noticia de la OPA hostil de Christian se haga pública. No doy crédito. ¡Sexo… conmigo! Jack se acerca más hasta colocarse justo delante de mí, mirándome a los ojos. Su colonia empalagosa y dulzona invade mis fosas nasales… es repugnante. Y, si no me equivoco, el aliento le apesta a alcohol. Oh, no, ha estado bebiendo… ¿cuándo? —Eres una suavona reprimida, una calientabraguetas, ¿sabes, Ana? — murmura apretando los dientes. ¿Qué? ¿Una calientabraguetas… yo? —Jack, no tengo ni idea de qué hablas —susurro, y siento una descarga de