Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 94
—Sí.
—Sigue tumbada —me ordena. Sale de mí y vuelve a embestirme con mucha fuerza.
Oh… esto era lo que quería.
—¡Sí! —exclamo con los dientes apretados.
Él empieza a establecer un ritmo con la respiración cada vez más trabajosa, que vuelve a acompasarse con
la mía cuando entra y sale de mi interior.
—Oh, Ana —gime. Aparta una de las manos de mi cadera y gira otra vez el tapón para meterlo despacio,
sacarlo un poco y volverlo a meter. La sensación es indescriptible y creo que estoy a punto de desmayarme
sobre la mesa. No altera el ritmo de su penetración, una y otra vez, con movimientos fuertes y bruscos al
entrar, haciendo que mis entrañas se tensen y tiemblen.
—Oh, joder… —grito. Me va a partir en dos.
—Sí, nena —murmura él.
—Por favor… —le suplico, aunque no sé qué le estoy pidiendo: que pare, que no pare nunca, que vuelva a
girar el tapón. Mi interior se tensa alrededor de él y del tapón.
—Eso es —jadea y a la vez me da un fuerte azote en la nalga derecha. Y yo me corro, una vez y otra,
cayendo, hundiéndome, girando, latiendo a su alrededor una vez, y otra… Christian saca con mucho cuidado
el tapón.
—¡Joder! —vuelvo a gritar y Christian me agarra las caderas para que no me mueva y llega el clímax con
un alarido.
La mujer sigue cantando. Siempre que estamos aquí, Christian pone una canción y programa el equipo para
que se repita. Qué raro. Estoy acurrucada en su regazo, envuelta por sus brazos, con las piernas enroscadas
con las suyas y la cabeza descansando contra su pecho. Estamos en el suelo del cuarto de juegos al lado de la
mesa.
—Bienvenida de vuelta —me dice quitándome el antifaz. Parpadeo para que mis ojos se adapten a la débil
luz. Sujetándome la barbilla me da un beso suave en los labios con los ojos fijos en los míos, mirándome
ansioso. Estiro la mano para acariciarle la cara. Él me sonríe—. Bueno, ¿he cumplido el encargo? —me
pregunta divertido.
Frunzo el ceño.
—¿Encargo?
—Querías que fuera duro —me explica.
No puedo evitar sonreír.
—Sí, creo que sí…
Alza las dos cejas y me sonríe.
—Me alegro mucho de oírlo. Ahora mismo se te ve muy bien follada y preciosa. —Me acaricia la cara y
sus largos dedos me rozan la mejilla.
—Así me siento —digo casi en un ronroneo.
Se agacha y me besa tiernamente y noto sus labios suaves y cálidos contra los míos.
—Nunca me decepcionas.