Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 90
—Toma —le susurro mirándole nerviosa; me quito la goma del pelo de la muñeca y se la tiendo. Él se
queda quieto y abre mucho los ojos un segundo. Por fin me coge la goma.
—Vuélvete —me ordena.
Aliviada, sonrío para mí y obedezco inmediatamente. Parece que hemos superado un pequeño obstáculo.
Me recoge el pelo y me lo trenza rápida y hábilmente antes de sujetármelo con la goma. Tira de la trenza para
que eche la cabeza hacia atrás.
—Bien pensado, señora Grey —me susurra al oído y después me muerde el lóbulo de la oreja—. Ahora
gírate y quítate la falda. Deja que caiga al suelo.
Me suelta y da unos pasos atrás. Yo me vuelvo para quedar mirándole. Sin apartar los ojos de los suyos me
desabrocho la cinturilla de la falda y bajo la cremallera. El vuelo de la falda flota y cae al suelo, rodeándome
los pies.
—Sal de la falda —ordena y yo obedientemente doy un paso hacia él. Él se arrodilla rápidamente delante
de mí y me agarra el tobillo derecho. Con destreza me suelta una sandalia y después la otra mientras yo
mantengo el equilibrio apoyando una mano en la pared bajo los ganchos que usa para colgar los látigos, las
fustas y las palas. Ahora mismo las únicas herramientas que hay allí son el látigo de colas y la fusta de
montar. Los miro con curiosidad. ¿Querrá usarlos?
Una vez sin zapatos, ya solo me queda puesto el conjunto de sujetador y bragas de encaje. Christian se
sienta en los talones y me mira.
—Es usted un paisaje que merece la pena admirar, señora Grey. —Se arrodilla, me agarra las caderas y me
atrae hacia él para hundir la nariz en mi entrepierna—. Y hueles a ti, a mí y a sexo —dice inspirando hondo
—. Es embriagador.
Me da un beso por encima de la tela de las bragas y yo le miro con la boca abierta por lo que ha dicho. Mi
interior se está convirtiendo en líquido. Es tan… travieso. Recoge mi ropa y mis sandalias y se pone de pie
con un movimiento rápido y grácil, como un atleta.
—Ve y quédate de pie junto a la mesa —me dice con calma señalando con la barbilla.
Se gira y camina hacia la cómoda que encierra todas las maravillas. Me mira y me sonríe.
—Cara a la pared —me manda—. Así no sabrás lo que estoy planeando. Estoy aquí para complacerla,
señora Grey, y ha pedido usted una sorpresa.
Me giro para darle la espalda y escucho con atención; mis oídos de repente captan hasta los sonidos más
leves. Es bueno en esto: alimenta mis expectativas y aviva mi deseo haciéndome esperar. Oigo cómo mete mi
ropa y creo que mis zapatos también en la cómoda. Ahora percibo el inconfundible sonido de sus zapatos al
caer al suelo, primero uno y después el otro. Mmm… Me encanta el Christian descalzo. Un momento después
le oigo abrir un cajón.
¡Juguetes! Oh, me encanta, me encanta esta anticipación. El cajón se cierra y mi respiración se acelera.
¿Cómo el sonido de un cajón puede convertirme en un flan que no deja de temblar? No tiene sentido. El siseo
sutil del equipo de sonido al cobrar vida me avisa de que va a haber un interludio musical. Empieza a oírse
una música de piano, apagada y suave, y un coro triste llena la habitación. No conozco esta canción. Al piano
se le une una guitarra eléctrica. ¿Qué es esto? Empieza a hablar una voz masculina y ap V