Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 89

6 susurra de hombros; de T ienes algo en mente? —me estoy casiChristian con una miradaesexpectante. Me encojoadrenalina, el mal repente me siento nerviosa y sin respiración. No sé si por la persecución, la humor de antes… No entiendo nada, pero ahora quiero esto y lo quiero con todas mis fuerzas. Una expresión divertida aparece en la cara de Christian—. ¿Un polvo pervertido? —me pregunta y sus palabras me parecen una suave caricia. Asiento y noto que la cara me arde. ¿Por qué me da vergüenza? Ya he echado todo tipo de polvos pervertidos con este hombre. ¡Es mi marido, por todos los santos! ¿Me da vergüenza quererlo o admitirlo? Mi subconsciente me mira fijamente como diciendo: Deja de darle tantas vueltas a las cosas. —¿Tengo carta blanca? —Hace la pregunta en un susurro, mirándome como si intentara leerme la mente. ¿Carta blanca? Madre mía, ¿qué implicará eso? —Sí —asiento nerviosa y la excitación empieza a crecer en mí. Él sonríe lentamente con una sonrisa sexy. —Ven —me dice y tira de mí hacia la escalera. Su intención está clara. ¡El cuarto de juegos! Al llegar al final de la escalera me suelta la mano y abre la puerta del cuarto de juegos. La llave está en el llavero de «Yes Seattle» que le regalé no hace tanto tiempo. —Después de usted, señora Grey —me dice abriendo la puerta. El olor del cuarto de juegos ya me resulta familiar: huele a cuero, a madera y a cera de muebles. Me sonrojo al pensar que la señora Jones ha debido de estar limpiando allí cuando estábamos de luna de miel. Al entrar Christian enciende las luces y las paredes rojo oscuro quedan iluminadas con una luz suave y difusa. Me quedo de pie mirándole; la anticipación ya corre por mis venas. ¿Qué va a hacer? Cierra la puerta con llave y se gira. Con la cabeza inclinada hacia un lado me mira pensativo y después niega con la cabeza divertido. —¿Qué quieres, Anastasia? —me pregunta. —A ti —le respondo en un jadeo. Sonríe. —Ya me tienes. Me tienes desde el mismo momento en que te caíste al entrar en mi despacho. —Sorpréndame, señor Grey. Su media sonrisa oculta su diversión y su expresión encierra una promesa lujuriosa. —Como usted quiera, señora Grey. —Cruza los brazos y se lleva el dedo índice a los labios mientras me mira de arriba abajo—. Creo que vamos a empezar deshaciéndonos de tu ropa. Se acerca. Coge mi chaqueta vaquera por delante, me la abre y me la quita por los hombros hasta que cae al suelo. Después agarra el dobladillo de mi camisola negra. —Levanta los brazos. Obedezco y me la quita por la cabeza. Se inclina para darme un suave beso en los labios. Sus ojos brillan con una atrayente mezcla de lujuria y amor. La camisola acaba en el suelo junto a mi chaqueta.