Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 91

Christian se acerca lentamente hacia mí con los pies descalzos sobre el suelo de madera. Lo siento detrás de mí cuando una mujer empieza a ¿gemir? ¿Llorar? ¿Cantar…? —Ha pedido usted duro, señora Grey —me dice junto al oído izquierdo. —Mmm… —Pídeme que pare si es demasiado. Si me dices que pare, pararé inmediatamente. ¿Entendido? —Sí. —Necesito que me lo prometas. Inspiro hondo. Mierda, ¿qué es lo que va a hacer? —Lo prometo —murmuro sin aliento, recordando sus palabras de antes: «No quiero hacerte daño, pero no me importa jugar». —Muy bien. —Se inclina y me da un beso en el hombro desnudo. Después mete un dedo bajo la tira del sujetador y sigue la línea de la tela por mi espalda. Quiero gemir. ¿Cómo consigue que hasta el contacto más leve sea tan erótico?—. Quítatelo —me susurra al oído y yo me apresuro a obedecerle. Dejo caer el sujetador al suelo. Me acaricia la espalda con las manos, mete los dos pulgares bajo la cintura de mis bragas y me las baja por las piernas. —Sal —me dice. Vuelvo a hacer lo que me pide y salgo de las bragas. Me da un beso en el culo y se pone de pie. —Te voy a tapar los ojos para que todo sea más intenso. Me pone un antifaz en los ojos y el mundo se vuelve negro. La mujer que canta está gimiendo algo incoherente… Una canción muy sentida y evocadora. —Agáchate y túmbate sobre la mesa. —Habla con suavidad—. Ahora. Sin dudarlo me inclino sobre la mesa y apoyo el pecho en la madera bien abrillantada. Siento la cara caliente contra la dura superficie que noto fresca contra mi piel y que huele a cera de abejas con un toque cítrico. —Estira los brazos y agárrate al borde. Vale… Me estiro y me agarro al borde más alejado de la mesa. Es bastante ancha, así que tengo los brazos estirados al máximo. —Si te sueltas, te azoto, ¿entendido? —Sí. —¿Quieres que te azote, Anastasia? Todo lo que tengo por debajo de la cintura se tensa deliciosamente. Me doy cuenta de que he estado deseándolo desde que me amenazó con hacerlo en la comida y ni la persecución ni el encuentro íntimo en el coche han conseguido satisfacer esa necesidad. —Sí. —Mi voz no es más que un susurro ronco. —¿Por qué? Oh… ¿tiene que haber una razón? Me encojo de hombros. —Dime —insiste. —Mmm…