Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 59
Cierra los ojos con fuerza.
—Estoy muy confundido —susurra. Cuando abre los ojos de nuevo se ven perdidos y llenos de pura
emoción.
Mierda. ¿Es por mí? ¿Por mis preguntas de antes sobre su madre biológica? ¿Por el incendio en la oficina?
—¿Por qué dices eso? —le pregunto en voz baja. Tengo la garganta atenazada por el pánico. Creía que
estaba feliz. Que los dos lo estábamos. Creía que le estaba haciendo feliz. No quiero confundirle. ¿O sí? Mi
mente empieza a funcionar a toda velocidad. No ha visto al doctor Flynn en tres semanas. ¿Es eso? ¿Esa es la
razón para que este así? Mierda, ¿debería llamar al doctor? Pero en un momento posiblemente ú nico de
extraordinaria profundidad y claridad consigo entenderlo: el incendio, Charlie Tango, la moto de agua… Está
asustado. Tiene miedo por mí y verme esas marcas en la piel solo lo ha empeorado. Ha estado todo el día
fijándose en ellas, sintiéndose mal, y no está acostumbrado a sentirse incómodo por su forma de infligir dolor.
Solo pensarlo me provoca un escalofrío.
Se encoge de hombros y una vez más sus ojos se van a mi muñeca, donde estaba la pulsera que me ha
comprado. ¡Bingo!
—Christian, estas marcas no importan —le aseguro levantando la muñeca y señalando la marca—. Me
diste una palabra de seguridad. Mierda, Christian… Lo de ayer fue divertido. Disfruté. No te machaques con
eso. Me gusta el sexo duro, ya te lo he dicho. —Me ruborizo hasta ponerme escarlata a la vez que intento
sofocar el pánico que empiezo a sentir.
Me mira fijamente y no tengo ni idea de lo que está pensando. Tal vez esté sopesando mis palabras.
Continúo tartamudeando un poco.
—¿Es por el incendio? ¿Crees que hay alguna conexión con lo de Charlie Tango? ¿Por eso estás
preocupado? Habla conmigo, Christian, por favor.
No aparta la mirada de mí pero tampoco dice nada y el silencio se cierne sobre nosotros otra vez, como esta
misma tarde. ¡Maldita sea! No me va a decir nada, lo sé.
—No le des más vueltas a esto, Christian —le regaño en voz baja y las palabras resuenan en mi cabeza,
removiendo un recuerdo del pasado reciente: lo que él me dijo acerca de su estúpido contrato. Extiendo la
mano, cojo la caja de su regazo y la abro. Me observa pasivamente, como si fuera una criatura extraterrestre
fascinante. Sé que el vendedor de la tienda, muy amablemente, ha dejado la cámara lista para usarla, así que
la saco de la caja y le quito la tapa a la lente. Le apunto y su hermosa cara llena de ansiedad queda justo en el
centro del marco. Pulso el botón y lo mantengo presionado y diez fotos de la expresión alarmada de Christian
quedan capturadas digitalmente para la posteridad.
—Pues yo te acabo de convertir en un objeto a ti —le digo volviendo a pulsar el obturador. En el último
momento sus labios se curvan casi imperceptiblemente. Vuelvo a pulsarlo y esta vez está sonriendo… Una
sonrisita, pero sonrisa al fin y al cabo. Pulso el botón otra vez y veo que se relaja físicamente y hace un
mohín, completamente falso, un ridículo mohín de personaje de Acero azul y eso me hace reír. Oh, gracias a
Dios. El señor Temperamental ha vuelto… Y nunca me he alegrado tanto de verlo.
—Creía que era un regalo para mí —dice enfurruñado, aunque creo que es fingido.
—Bueno, se suponía que tenía que ser algo divertido, pero parece que es un símbolo de la opresión de la
mujer —le respondo haciéndole más fotos y viendo en un primer plano como la diversión crece en su cara.