Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 58

—Esto. —Pongo el pie sobre la cama y le enseño la pulsera de tobillo. —Muy bonita —dice. Se acerca y roza las campanitas para que tintineen dulcemente junto a mi tobillo. Frunce el ceño y me roza con suavidad la marca roja, lo que hace que me cosquillee toda la pierna. —Y esto. —Le tiendo la caja para intentar distraerle. —¿Es para mí? —me pregunta sorprendido. Asiento tímidamente. Coge la caja y la agita un poco. Me dedica una sonrisa infantil y deslumbrante y se sienta a mi lado en la cama. Se inclina, me coge la barbilla y me da un beso—. Gracias —me dice con una felicidad tímida. —Pero si todavía no lo has abierto… —Seguro que me encanta, sea lo que sea. —Me mira con los ojos brillantes—. No me hacen muchos regalos, ¿sabes? —Es difícil comprarte algo, porque ya lo tienes todo. —Te tengo a ti. —Es verdad. —Le sonrío. Oh, y qué verdad, Christian… Desenvuelve el regalo en cuestión de segundos. —¿Una Nikon? —Me mira perplejo. —Sé que tienes una cámara digital pequeña, pero esta es para… eh… retratos y esas cosas. Tiene dos lentes. Parpadea sin comprender. —Hoy en la galería te han gustado mucho las fotos de Florence D’Elle. Y me he acordado de lo que me dijiste en el Louvre. Y, bueno, también están esas otras fotografías… —Trago saliva y hago un esfuerzo por no pensar en las fotos que encontré en su armario. Él contiene la respiración y abre mucho los ojos cuando comprende al fin. Sigo hablando de forma atropellada antes de que pierda toda la valentía. —He pensado que tal vez… eh… te gustaría hacer fotos… de mi cuerpo. —¿Fotos? ¿Tuyas? —Me mira con la boca abierta, ignorando la caja que tiene en el regazo. Asiento intentando desesperadamente evaluar su reacción. Finalmente devuelve su atención a la caja y sigue con los dedos el contorno de la ilustración de la cámara que hay en la tapa con reverencia y fascinación. ¿Qué estará pensando? No es la reacción que esperaba y mi subconsciente me observa como si fuera una animal de granja domesticado. Christian nunca reacciona como yo espero. Levanta la vista de nuevo con los ojos llenos de… ¿qué? ¿Dolor? —¿Por qué has pensado que podría querer algo así? —me pregunta desconcertado. ¡No, no, no! Has dicho que te iba a encantar… —¿No lo quieres? —le pregunto negándome a escuchar a mi subconsciente, que se está cuestionando por qué iba a querer nadie hacerme fotos eróticas a mí. Christian traga saliva y se pasa una mano por el pelo. Parece tan perdido, tan confuso. Inspira profundamente. —Para mí esas fotos eran como una póliza de seguros, Ana. He convertido a las mujeres en objetos durante mucho tiempo. —Hace una pausa incómoda. —¿Y te parece que hacerme fotos es… convertirme en un objeto a mí también? —Me quedo sin aire y pálida cuando toda la sangre abandona mi cara.