Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 60
Entonces sus ojos se oscurecen y su expresión se vuelve depredadora.
—¿Quieres sentirte oprimida? —susurra con una voz suave como la seda.
—No. Oprimida no… —murmuro a la vez que le hago otra foto.
—Yo podría oprimirla muy bien, señora Grey —me amenaza con voz ronca.
—Sé que puede, señor Grey. Y lo hace con frecuencia.
Su cara se pone triste. Mierda. Bajo la cámara y le miro.
—¿Qué pasa, Christian? —Mi voz rezuma frustración. ¡Dímelo!
No dice nada. ¡Arrrggg! Me saca de quicio. Me acerco la cámara al ojo otra vez.
—Dímelo —insisto.
—No pasa nada —dice y de repente desaparece del visor. En un movimiento rápido y ágil tira la caja de la
cámara al suelo del camarote, me agarra, me tumba sobre la cama y se sienta a horcajadas sobre mí.
—¡Oye! —exclamo y le hago más fotos mientras me sonríe con oscura resolución. Agarra la cámara por la
lente y la fotógrafa se convierte en la fotografiada cuando me apunta con la Nikon y presiona el botón del
obturador.
—¿Así que quiere que le haga fotos, señora Grey? —me dice divertido. De su cara no puedo ver más que
el pelo alborotado y la amplia sonrisa de su boca bien delineada—. Bien, pues para empezar, creo que
deberías estar riéndote —continúa y me hace cosquillas sin piedad bajo las costillas, lo que hace que chille,
me retuerza, me ría y le agarre la muñeca en un vano intento de detenerle. Su sonrisa se hace más amplia y
vuelve a hacerme fotos.
—¡No! ¡Para! —le grito.
—¿Estás de broma? —gruñe y deja la cámara a un lado para poder torturarme con ambas manos.
—¡Christian! —protesto sin dejar de reírme y de resoplar. Nunca me había hecho cosquillas antes. ¡Joder,
basta! Muevo la cabeza de lado a lado e intento escapar de debajo de su cuerpo y apartarle las manos sin dejar
de reír, pero es implacable. No deja de sonreír, disfrutando de mi tormento.
—¡Christian, para! —le suplico y se detiene de repente. Me coge las dos manos, me las sujeta a ambos
lados de la cabeza y se inclina sobre mí. Estoy sin aliento, jadeando por la risa. Su respiración es tan agitada
como la mía y me está mirando con… ¿qué? Mis pulmones dejan de funcionar. ¿Asombro? ¿Amor?
¿Veneración? Dios, esa mirada…
—Eres. Tan. Hermosa —dice entre jadeos.
Le miro a esa cara que tanto quiero hipnotizada por la intensidad de su mirada; es como si me estuviera
viendo por primera vez. Se inclina más, cierra los ojos y me besa, embelesado. Su respuesta despierta mi
libido… Verle así, anulado, por mí… Oh, Dios mío… Me suelta las manos y enrosca los dedos en mi pelo,
manteniéndome donde estoy sin ejercer fuerza. Mi cuerpo se eleva y se llena de excitación en respuesta a su
beso. Y de repente cambia la naturaleza del beso; ya no es dulce y lleno de veneración y admiración. Ahora
se vuelve carnal, profundo, devorador… Su lengua me invade la boca, cogiendo y no dando, en un beso con
un punto desesperado y necesitado. Mientras el deseo se va extendiendo por mi sangre, despertando a los
músculos y los tendones a su paso, siento un escalofrío de alarma.
Oh, Cincuenta, ¿q \: