Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 50
ajustada sin mangas también azul. Christian se queda dudando y no sé si su mano va a subir por mi muslo o
bajar por la pantorrilla. Me pongo tensa por la anticipación que me provoca el suave contacto de sus dedos y
aguanto la respiración. ¿Qué va a hacer? Escoge ir hacia abajo y de repente me agarra el tobillo y se pone mi
pie en el regazo. Giro sobre mi trasero para quedar de cara a él en el asiento de atrás del coche.
—Quiero el otro también.
Miro nerviosamente a Taylor y a Gaston, que mantiene los ojos fijos en la carretera que tenemos por
delante, y pongo el otro pie en su regazo. Con la mirada tranquila extiende la mano y pulsa un botón que hay
en su puerta. Delante de nosotros sale de un panel una pantalla ligeramente tintada y empieza a cerrarse. Diez
segundos después estamos solos. Uau… Ahora entiendo por qué la parte de atrás de este coche es tan amplia.
—Quiero verte los tobillos —me explica Christian. Su mirada transmite ansiedad. ¿Las marcas de las
esposas? Oh, pensé que ya habíamos hablado suficiente de eso. Si tengo marcas, quedan ocultas por las tiras
de las sandalias. No recuerdo haber visto ninguna esta mañana. Me acaricia suavemente con el pulgar el
empeine del pie derecho y eso hace que me retuerza un poco. Una sonrisa juguetea en sus labios mientras me
suelta diestramente las tiras. Su sonrisa desaparece cuando se encuentra con las marcas rojas.
—No me duelen —le repito.
Me mira con expresión triste y la boca convertida en una fina línea. Asiente como si aceptara mi palabra y
yo sacudo el pie para librarme de la sandalia, que cae al suelo. Pero sé que ya le he perdido. Está distraído,
rumiando algo, me acaricia el pie mecánicamente mientras mira por la ventanilla del coche.
—Oye, ¿qué esperabas? —le pregunto con dulzura.
Me mira y se encoge de hombros.
—No esperaba sentirme como me siento cuando veo esas marcas —me responde.
Oh… Reticente en un momento y comunicativo al siguiente. Cincuenta… ¿Cómo voy a ser capaz de
seguirle?
—¿Y cómo te sientes?
Me mira con los ojos sombríos.
—Incómodo —dice en voz baja.
¡Oh, no! Me desabrocho el cinturón de seguridad y me acerco a él sin bajar los pies de su regazo. Quiero
sentarme ahí y abrazarlo, y lo haría si solo estuviera Taylor en el asiento de delante. Pero saber que Gaston
también está ahí me frena a pesar del cristal tintado. Si fuera un poco más oscuro… Le agarro las manos.
—Lo que no me gusta son los chupetones —le digo en un susurro—. Lo demás… lo que hiciste… —bajo
la voz todavía más— con las esposas, eso me gustó. Bueno, algo más que gustarme. Fue alucinante. Puedes
volver a hacérmelo cuando quieras.
Se revuelve en su asiento.
—¿Alucinante?
La diosa que llevo dentro levanta la vista de su libro de Jackie Collins, sorprendida.
—Sí —le digo sonriendo. Su paquete está justo debajo de mis pies y noto que empieza a ponerse duro.
Flexiono los dedos del pie y veo más que oigo su repentina inhalación y cómo se separan sus labios.
—Debería ponerse el cinturón, señora Grey. —Su voz suena ronca y yo repito la flexión de mis dedos.
Vuelve a inhalar y los ojos se le van oscureciendo a la vez que me agarra el tobillo a modo de advertencia.