Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 49

nuestra primera mañana en Londres oculta la marca. La inscripción todavía me emociona. Anastasia Tú eres mi «más» Mi amor, mi vida Christian A pesar de todo, de todas sus sombras, mi marido es un romántico. Observo las leves marcas de mis muñecas. Pero también puede ser un poco salvaje a veces. Me suelta la mano izquierda y me coge la barbilla con los dedos para levantármela y analizar mi expresión con ojos preocupados. —No me duelen —repito. Se lleva mi mano a los labios y me da un suave beso de disculpa en la parte interna de la muñeca. —Ven —dice, y entramos en la tienda. —Póntela. —Christian tiene abierta la pulsera de platino que acaba de comprar. Es exquisita, muy bellamente trabajada, con una filigrana con forma de flores abstractas con pequeños diamantes en el centro. Me la pone en la muñeca. Es ancha y dura y oculta la marca roja. Y le ha costado treinta mil euros, creo, aunque no he conseguido seguir la conversación en francés con la dependienta. Nunca he llevado nada tan caro—. Así está mejor —murmura. —¿Mejor? —susurro mirándole a los ojos grises, consciente de que la dependienta delgada como un palo nos mira celosa y con cara de desaprobación. —Ya sabes por qué lo digo —me explica Christian inseguro. —No necesito esto. —Sacudo la muñeca y la pulsera se mueve. Un rayo de la luz de la tarde que entra por el escaparate de la joyería se refleja en los diamantes, que despiden brillantes arcoíris y llenan de color las paredes de la tienda. —Yo sí —dice con total sinceridad. ¿Por qué? ¿Por qué necesita esto? ¿Acaso se siente culpable? ¿Por qué? ¿Por las marcas? ¿Por su madre biológica? ¿Por no contármelo? Oh, Cincuenta… —No, Christian, tú tampoco lo necesitas. Ya me has dado tantas cosas… Esta luna de miel tan mágica: Londres, París, la Costa Azul… Y a ti. Soy una chica con mucha suerte —le digo en un susurro y sus ojos se llenan de ternura. —No, Anastasia. Yo soy el hombre afortunado. —Gracias. —Me pongo de puntillas, le rodeo el cuello con los brazos y le doy un beso, no por regalarme la pulsera, sino por ser mío. De vuelta, en el coche está muy callado y mir a por la ventanilla a los campos de girasoles que siguen al sol en su recorrido por el cielo, disfrutando de su calor. Uno de los gemelos (creo que es Gaston) conduce y Taylor está sentado delante a su lado. Christian está rumiando algo. Le cojo la mano y se la aprieto un poco. Me mira y me suelta la mano para acariciarme la rodilla. Llevo una falda corta con vuelo azul y blanca y una camiseta