Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 48
—Me has preguntado por qué te trenzo el pelo —dice. Su tono me alarma. Parece… culpable.
—Sí. —Oh, mierda.
—La puta adicta al crack me dejaba jugar con su pelo, creo. Pero no sé si es un recuerdo o un sueño.
Oh, su madre biológica.
Me mira, pero su expresión es impenetrable. El corazón se me queda atravesado en la garganta. ¿Qué
puedo decir cuando me cuenta cosas como esa?
—Me gusta que juegues con mi pelo —digo con tono vacilante.
Él me mira inseguro.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Es verdad. Le cojo la mano—. Creo que querías a tu madre biológica, Christian.
Él abre mucho los ojos y se me queda mirando impasible, sin decir nada.
Maldita sea, ¿me he pasado? Di algo, Cincuenta, por favor… Pero sigue tozudamente callado, mirándome
con esos ojos grises insondables mientras el silencio se cierne sobre nosotros. Parece perdido.
Mira mi mano agarrando la suya y frunce el ceño.
—Di algo —le pido en un susurro porque no puedo soportar el silencio ni un segundo más.
Niega con la cabeza y suspira.
—Vámonos. —Me suelta la mano y se pone de pie con expresión hosca. ¿Me he pasado de la raya? No
tengo ni idea. Se me cae el alma a los pies y no sé si decir algo más o dejarlo estar. Me decido por esto último
y le sigo hacia la salida del restaurante obedientemente.
En una de las preciosas callejuelas estrechas me coge la mano.
—¿Adónde quieres ir?
¡Oh, habla! Y no está furioso conmigo… Gracias a Dios. Suspiro aliviada y me encojo de hombros.
—Me alegro de que todavía me hables.
—Ya sabes que no me gusta hablar de toda esa mierda. Es pasado. Se acabó —responde en voz baja.
No, Christian, no se acabó. Ese pensamiento me pone triste y por primera vez me pregunto si acabará
alguna vez. Siempre será Cincuenta Sombras… Mi Cincuenta Sombras. ¿Quiero que cambie? No, la verdad
es que no. Solo quiero que se sienta querido. Le miro a hurtadillas y admiro su belleza cautivadora… Y es
mío. No solo estoy encandilada por el atractivo de su preciosa cara y de su cuerpo; es lo que hay debajo de la
perfección, su alma frágil y herida, lo que me atrae, lo que me acerca a él.
Me mira de esa forma medio divertida medio precavida y absolutamente sexy y me rodea los hombros con
el brazo. Después caminamos entre los turistas hacia el lugar donde Philippe/Gaston ha aparcado el espacioso
Mercedes. Vuelvo a meter la mano en el bolsillo de atrás de los pantalones cortos de Christian, encantada de
que no esté enfadado. ¿Qué niño de cuatro años no quiere a su madre, por muy mala madre que sea? Suspiro
profundamente y lo abrazo más fuerte. Sé que detrás de nosotros va el equipo de seguridad y me pregunto
distraídamente si habrán comido.
Christian se para delante de una pequeña joyería y mira el escaparate y después a mí. Me coge la mano
libre y me pasa el pulgar por la marca roja de las esposas, que ya está desapareciendo, y la mira fijamente.
—No me duele —le aseguro. Se retuerce para que saque la otra mano de su bolsillo, me coge también esa
mano y la gira para examinarme la muñeca. El reloj Omega de platino que me regaló en el desayuno de