Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 47
—¿Y por qué no lo has dicho antes? —Me baja de su regazo y se pone de pie.
Saint-Paul-de-Vence es un pueblo medieval fortificado situado en la cumbre de una colina, uno de los lugares
más pintorescos que he visto en mi vida. Paseo con Christian por las estrechas calles adoquinadas con la
mano metida en el bolsillo de atrás de sus pantalones cortos. Taylor y Gaston o Philippe (no sé diferenciarlos)
nos siguen unos pasos por detrás. Pasamos por una plaza cubierta de árboles en la que tres ancianos, uno de
ellos tocado con una boina tradicional a pesar del calor, juegan a la petanca. El lugar está bastante lleno de
turistas, pero me siento cómoda rodeada por el brazo de Christian. Hay tantas cosas que ver: estrechas callejas
y pasajes que llevan a patios con intrincadas fuentes de piedra, esculturas antiguas y modernas y pequeñas
tiendas y boutiques fascinantes.
En la primera galería Christian mira distraído unas fotografías eróticas chupando la patilla de sus gafas de
aviador. Son obra de Florence D’Elle; mujeres desnudas en diferentes posturas.
—No es lo que tenía en mente —digo. Me hacen pensar en la caja de fotografías que encontré en el
armario de Christian (ahora nuestro armario). Me pregunto si llegó a destruirlas.
—Yo tampoco —dice Christian sonriéndome. Me coge la mano y pasamos al siguiente artista. Sin darme
cuenta me encuentro preguntándome si debería dejarle que me hiciera fotos.
La siguiente exposición es de una pintora especializada en naturalezas muertas: frutas y verduras muy
detalladas y con unos colores impresionantes.
—Me gustan esos —digo señalando tres cuadros con pimientos—. Me recuerdan a ti cortando verduras en
mi apartamento. —Río. La comisura de la boca de Christian se eleva cuando intenta, sin éxito, ocultar su
diversión.
—Creo que lo hice bastante bien —murmura—. Solo soy un poco lento, eso es todo. —Me abraza—.
Además, me estabas distrayendo. ¿Y dónde los pondrías?
—¿Qué?
Christian me acaricia la oreja con la nariz.
—Los cuadros… ¿Dónde los pondrías? —Me muerde el lóbulo de la oreja y la sensación me llega hasta la
entrepierna.
—En la cocina —respondo.
—Mmm. Buena idea, señora Grey.
Miro el precio. Cinco mil euros cada uno. ¡Madre mía!
—¡Son carísimos! —exclamo.
—¿Y qué? —Vuelve a acariciarme—. Acostúmbrate, Ana. —Me suelta y se acerca al mostrador, donde
una mujer joven vestida completamente de blanco le mira con la boca abierta. Estoy a punto de pon er los ojos
en blanco, pero prefiero centrar mi atención en los cuadros. Cinco mil euros, vaya…
Acabamos de terminar de comer y nos estamos relajando con el café en el Hotel Le Saint Paul. La vista de la
campiña circundante es magnífica. Viñas y campos de girasoles forman un mosaico en la llanura salpicado
aquí y allá por bonitas granjas francesas. Hace un día precioso, así que desde donde estamos se puede ver
hasta el mar, que brilla en el horizonte. Christian interrumpe mis pensamientos.