Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 46
—Nunca sé lo que vas a hacer, Ana, pero no… No intencionadamente al menos.
Vuelvo a pasar la maquinilla por su cuello, ensanchando la franja de piel sin jabón.
—Nunca te haría daño intencionadamente, Christian.
Abre los ojos y me rodea con los brazos mientras le paso la maquinilla con cuidado por la mejilla hasta el
final de una de las patillas.
—Lo sé —me dice girando la cara para que pueda afeitarle el resto de la mejilla. Tras dos pasadas más
termino.
—Se acabó, y no he derramado ni una gota de sangre —declaro sonriendo orgullosa.
Sube la mano por mi pierna, arrastrando mi camisón hasta el muslo, y me levanta para ponerme a
horcajadas sobre su regazo. Mantengo el equilibrio apoyando las manos en sus brazos musculosos.
—¿Quieres que te lleve a alguna parte hoy?
—A tomar el sol no, ¿verdad? —le digo arqueando una ceja mordaz.
Se humedece los labios en un gesto nervioso.
—No, hoy no tomamos el sol. Tal vez te apetezca hacer otra cosa. Hay un sitio que podríamos visitar…
—Bueno, como estoy llena de los chupetones que tú me has hecho, lo que me impide absolutamente
cualquier actividad con poca ropa, ¿por qué no?
Decide sabiamente ignorar mi tono.
—Hay que conducir un buen trecho, pero por lo que he leído, merece la pena visitarlo. Mi padre también
me recomendó que fuéramos. Es un pueblecito en lo alto de una colina que se llama Saint-Paul-de-Vence.
Hay unas cuantas galerías en el pueblo. He pensado que podríamos comprar algún cuadro o alguna escultura
para la casa nueva, si encontramos algo que nos guste.
Me echo un poco hacia atrás y le miro. Arte… Quiere comprar obras de arte. ¿Cómo voy a comprar yo
arte?
—¿Qué? —me pregunta.
—Yo no sé nada de arte, Christian.
Él se encoge de hombros y me sonríe indulgente.
—Solo vamos a comprar algo que nos guste. No estamos hablando de inversiones.
¿Inversiones? Oh…
—¿Qué? —repite.
Niego con la cabeza.
—Ya sé que solo hemos visto los dibujos de la arquitecta… Pero no pasa nada por mirar, y además parece
que es un pueblo medieval con mucho encanto.
Oh, la arquitecta. ¿Por qué ha tenido que recordármela…? Gia Matteo, una amiga de Elliot que ya reformó
la casa de Christian en Aspen. Durante las reuniones para revisar los planos ha estado pegada a Christian
como una lapa.
—¿Qué te pasa ahora? —quiere saber Christian. Niego con la cabeza—. Dímelo —insiste.
¿Cómo le voy a decir que no me gusta Gia? Es irracional. No quiero ser la típica mujer celosa.
—¿No seguirás enfadada por lo que hice ayer? —Suspira y entierra la cara entre mis pechos.
—No. Tengo hambre —le digo sabiendo que eso le distraerá del interrogatorio.