Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Página 426

sigo encantado. Pero ¿qué soy, un puto perro faldero? —Cuatro años —murmura cuando llegamos a donde está la cinta. Se agacha y coge dos rollos, cada uno de un ancho diferente. —Me llevaré esta —digo. La más ancha es mucho mejor como mordaza. Al pasármela, las puntas de nuestros dedos se rozan brevemente. Ese contacto tiene un efecto en mi entrepierna. ¡Joder! Ella palidece. —¿Algo más? —Su voz es ronca y entrecortada. Dios, yo le causo el mismo efecto que el que ella tiene sobre mí. Tal vez sí… —Un poco de cuerda. —Por aquí. —Cruza el pasillo, lo que me da otra oportunidad de apreciar su bonito culo—. ¿Qué tipo de cuerda busca? Tenemos de fibra sintética, de fibra natural, de cáñamo, de cable… Mierda… para. Gruño en mi interior intentando apartar la imagen de ella atada y suspendida del techo del cuarto de juegos. —Cinco metros de la de fibra natural, por favor. —Es más gruesa y deja peores marcas si tiras de ella… es mi cuerda preferida. Veo que sus dedos tiemblan, pero mide los cinco metros con eficacia, saca un cúter del bolsillo derecho, corta la cuerda con un gesto rápido, la enrolla y la anuda con un nudo corredizo. Impresionante… —¿Iba usted a las scouts? —Las actividades en grupo no son lo mío, señor Grey. —¿Qué es lo suyo, Anastasia? —Mi mirada se encuentra con la suya y sus iris se dilatan mientras la miro fijamente. ¡Sí! —Los libros —susurra. —¿Qué tipo de libros? —Bueno, lo normal. Los clásicos. Sobre todo literatura inglesa. ¿Literatura inglesa? Las Brontë y Austen, seguro. Esas novelas románticas llenas de corazones y flores. Joder. Eso no es bueno. —¿Necesita algo más? —No lo sé. ¿Qué me recomendaría? —Quiero ver su reacción. —¿De bricolaje? —me pregunta sorprendida. Estoy a punto de soltar una carcajada. Oh, nena, el bricolaje no es lo mío. Asiento aguantándome la risa. Sus ojos me recorren el cuerpo y yo me pongo tenso. ¡Me está dando un repaso! Joder… —Un mono de trabajo —dice. Es lo más inesperado que he oído salir de esa boca dulce y respondona desde la pregunta sobre si era gay. —No querrá que se le estropee la ropa… —dice señalando mis vaqueros y sonrojándose una vez más. No puedo resistirme. —Siempre puedo quitármela. —Ya. —Ella se pone escarlata y mira al suelo. —Me llevaré un mono de trabajo. No vaya a ser que se me estropee la ropa—murmuro para sacarla de su apuro.