Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 418

cortante. Ella debería saberlo. Levanto una ceja inquisitiva. —¿Y cuáles son sus intereses, aparte del trabajo? —continúa apresuradamente porque ha identificado mi reacción. Sabe que estoy molesto y por alguna razón inexplicable eso me complace muchísimo. —Me interesan cosas muy diversas, señorita Steele. Muy diversas. —Le sonrío. Imágenes de ella en diferentes posturas en mi cuarto de juegos me cruzan la mente: esposada a la cruz, con las extremidades estiradas y atada a la cama de cuatro postes, tumbada sobre el banco de azotar… ¡Joder! ¿De dónde sale todo esto? Fíjate… ese rubor otra vez. Es como un mecanismo de defensa. Cálmate, Grey. —Pero si trabaja tan duro, ¿qué hace para relajarse? —¿Relajarme? —Le sonrío; esa palabra suena un poco rara viniendo de ella. Además, ¿de dónde voy a sacar tiempo para relajarme? ¿No tiene ni idea del número de empresas que controlo? Pero me mira con esos ojos azules ingenuos y para mi sorpresa me encuentro reflexionando sobre la pregunta. ¿Qué hago para relajarme? Navegar, volar, follar… Poner a prueba los límites de chicas morenas como ella hasta que las doblego… Solo de pensarlo hace que me revuelva en el asiento, pero le respondo de forma directa, omitiendo mis dos aficiones favoritas. —Invierte en fabricación. ¿Por qué en fabricación en concreto? Su pregunta me trae de vuelta al presente de una forma un poco brusca. —Me gusta construir. Me gusta saber cómo funcionan las cosas, cuál es su mecanismo, cómo se montan y se desmontan. Y me encantan los barcos. ¿Qué puedo decirle? —Distribuyen comida por todo el planeta, llevan mercancías a los que pueden comprarlas y a los que no y después de vuelta otra vez. ¿Cómo no me iba a gustar? —Parece que el que habla es su corazón, no la lógica y los hechos. ¿Corazón? ¿Yo? Oh, no, nena. Mi corazón fue destrozado hasta quedar irreconocible hace tiempo. —Es posible, aunque algunos dirían que no tengo corazón. —¿Y por qué dirían algo así? —Porque me conocen bien. —Le dedico una media sonrisa. De hecho nadie me conoce tan bien, excepto Elena tal vez. Me pregunto qué le parecería a ella la pequeña señorita Steele… Esta chica es un cúmulo de contradicciones: tímida, incómoda, claramente inteligente y mucho más que excitante. Sí, vale, lo admito. Es un bocado muy atractivo. Me suelta la siguiente pregunta que tiene escrita. —¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo? —Soy una persona muy reservada, señorita Steele. Hago todo lo posible por proteger mi vida privada. No suelo ofrecer entrevistas. —Haciendo lo que yo hago y viviendo la vida que he elegido, necesito privacidad. —¿Y por qué aceptó esta? —Porque soy mecenas de la universidad, y porque, por más que lo intentara, no podía sacarme de encima a la señorita Kavanagh. No dejaba de dar la lata a mis relaciones públicas, y admiro esa tenacidad. —Pero me alegro que seas tú la que ha venido y no ella. —También invierte en tecnología agrícola. ¿Por qué le interesa este ámbito? —El dinero no se come, señorita Steele, y hay demasiada gente en el mundo que no tiene qué comer. — Me la quedo mirando con cara de póquer.