Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 401
treinta, señorita.
Suelto una risita.
—Oh, Christian, eres un hipócrita.
—No, soy un padre ansioso. —Me mira con la frente arrugada, signo de su ansiedad.
—Eres un padre maravilloso. Sabía que lo serías. —Le acaricio su delicado rostro y él me dedica su sonrisa
tímida.
—Me gusta esto —murmura acariciándome y después besándome el vientre—. Hay más de ti.
Hago un mohín.
—No me gusta que haya más de mí.
—Es genial cuando te corres.
—¡Christian!
—Y estoy deseando volver a probar la leche de tus pechos otra vez.
—¡Christian! Eres un pervertido…
Se lanza sobre mí de repente, me besa con fuerza, pasa una pierna por encima de mí y me agarra las manos
por encima de la cabeza.
—Me encantan los polvos pervertidos —me susurra y me acaricia la nariz con la suya.
Sonrío, contagiada por su sonrisa perversa.
—Sí, a mí también me encantan los polvos pervertidos. Y te quiero. Mucho.
Me despierto sobresaltada por un chillido agudo de puro júbilo de mi hijo, y aunque no veo ni al niño ni a
Christian, sonrío de felicidad como una idiota. Ted se ha levantado de la siesta y él y Christian están
retozando por allí cerca. Me quedo tumbada en silencio, maravillada de la capacidad de juego de Christian.
Su paciencia con Teddy es extraordinaria… todavía más que la que tiene conmigo. Río entre dientes. Pero así
debe ser. Y mi precioso niño, el ojito derecho de su madre y de su padre, no conoce el miedo. Christian, por
otro lado, sigue siendo demasiado sobreprotector con los dos. Mi dulce, temperamental y controlador
Cincuenta.
—Vamos a buscar a mami. Está por aquí en el prado en alguna parte.
Ted dice algo que no oigo y Christian ríe libre y felizmente. Es un sonido mágico, lleno de orgullo
paternal. No puedo resistirme. Me incorporo sobre los codos y les espío desde mi escondite entre la alta
hierba.
Christian está haciendo girar a Ted una y otra vez y el niño cada vez chilla más, encantado. Se detiene,
lanza a Ted al aire de nuevo (yo dejo de respirar) y vuelve a cogerlo. Ted chilla con abandono infantil y yo
suspiro aliviada. Oh, mi hombrecito, mi querido hombrecito, siempre activo.
—¡Ota ves, papi! —grita. Christian obedece y yo vuelvo a sentir el corazón en la boca cuando lanza a
Teddy al aire y después lo coge y lo abraza fuerte, le da un beso en el pelo cobrizo, después un beso rápido
en la mejilla y acaba haciéndole cosquillas sin piedad. Teddy aúlla de risa, se retuerce y empuja el pecho de
Christian para intentar escabullirse de sus brazos. Sonriendo, Christian lo baja al suelo.
—Vamos a buscar a mami. Está escondida entre la hierba.