Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Seite 371

Christian cierra otra vez los ojos y se estremece. —¡Ese cabrón! —¿Crees que ha hecho todo esto porque los Grey te adoptaron a ti en vez de a él? —¿Quién sabe? —El tono de Christian es amargo—. Ese hombre me importa una mierda. —Tal vez sabía que tú y yo salíamos cuando fui a hacer la entrevista de trabajo. Quizá planeó seducirme desde el principio. Noto que la bilis se me sube a la garganta. —No lo creo —susurra Christian ya con los ojos abiertos—. Las búsquedas que hizo sobre mi familia no empezaron hasta más o menos una semana después de que empezaras a trabajar en Seattle Independent Publishing. Barney sabe las fechas exactas. Y, Ana, se tiró a todas sus ayudantes. Y lo grabó. —Christian cierra los ojos y me abraza más fuerte otra vez. Reprimiendo el escalofrío que me recorre, intento recordar las conversaciones que tuve con Hyde cuando empecé en Seattle Independent Publishing. Desde el principio supe que ese hombre no era trigo limpio, pero ignoré mis instintos. Christian tiene razón; no tengo ninguna consideración por mi propia seguridad. Recuerdo la pelea que tuvimos cuando le dije que me iba a Nueva York con Jack. Madre mía… Podría haber acabado en alguna sórdida cinta de contenido sexual. Solo pensarlo me dan náuseas. Y en ese momento recuerdo las fotos que Christian guardaba de sus sumisas. Oh, mierda. «Estamos cortados por el mismo patrón.» No, Christian, tú no, no te pareces en nada a él. Sigue enroscado a mi lado como un niño. —Christian, creo que deberías hablar con tu madre y con tu padre. —No quiero moverle, así que me muevo yo y me voy metiendo más en la cama hasta que mis ojos quedan a la altura de los suyos. Una mirada gris perpleja se encuentra con la mía y me recuerda al niño de la foto. —Deja que les llame —susurro. Él niega con la cabeza—. Por favor —le suplico. Christian me mira con los ojos llenos de dolor y de dudas mientras reflexiona sobre lo que le digo. ¡Oh, Christian, por favor! —Yo les llamaré —dice al fin. —Bien. Podemos ir a verles juntos o puedes ir tú solo, como prefieras. —No, que vengan aquí. —¿Por qué? —No quiero que tú vayas a ninguna parte. —Christian, creo que podré soportar un viaje en coche. —No. —Su voz es firme, pero me dedica una sonrisa irónica—. De todas formas es sábado por la noche; seguro que están en alguna función. —Llámales. Estas noticias te han alterado. Tal vez ellos puedan arrojar algo de luz sobre el tema. —Miro el reloj despertador. Son casi las siete de la tarde. Me observa impasible durante un momento. —Vale —dice como si acabara de proponerle un desafío. Se sienta y coge el teléfono que hay en la mesita. Le rodeo con un brazo y apoyo la cabeza en su pecho mientras hace la llamada. —¿Papá? —Noto su sorpresa cuando Carrick coge el teléfono—. Ana está bien. Estamos en casa. Welch acaba de irse. Ha encontrado la conexión… Es la casa de acogida en Detroit… Yo no me acuerdo de nada de