Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 364
miedo cruza su cara—. No ha querido decírmelo por teléfono.
—Oh.
—Va a venir esta tarde desde Detroit.
—¿Crees que ha encontrado una conexión?
Christian asiente.
—¿Qué crees que es?
—No tengo ni idea. —Arruga la frente, perplejo.
Taylor entra en el garaje del Escala y se detiene junto al ascensor para que salgamos antes de ir a aparcar.
En el garaje podemos evitar la atención de los fotógrafos que hay afuera. Christian me ayuda a salir del coche
y, manteniéndome un brazo alrededor de la cintura, me lleva hasta el ascensor que espera.
—¿Contenta de volver a casa? —me pregunta.
—Sí —susurro. Pero cuando me veo de pie en el ambiente familiar del ascensor, la enormidad de todo por
lo que he pasado cae con todo su peso sobre mí y empiezo a temblar.
—Vamos… —Christian me envuelve con sus brazos y me atrae hacia él—. Estás en casa. Estás a salvo —
me dice dándome un beso en el pelo.
—Oh, Christian. —Un dique que ni siquiera sabía que estaba ahí estalla y empiezo a sollozar.
—Chis —me susurra Christian, acunando mi cabeza contra su pecho.
Pero ya es demasiado tarde. Sollozo contra su camiseta, abrumada, recordando el malvado ataque de Jack
(«¡Esto es por lo de Seattle Independent Publishing, zorra!»), el momento en que me vi obligada a decirle a
Christian que le dejaba («¿Vas a dejarme?»), y el miedo, el terror que me atenazaba las entrañas por Mia, por
mí y por mi pequeño Bip.
Cuando las puertas del ascensor se abren, Christian me coge en brazos como a una niña y me lleva hasta el
vestíbulo. Le rodeo el cuello con los brazos y me pego a él gimiendo muy bajo.
Me lleva hasta nuestro baño y me deja con cuidado en la silla.
—¿Un baño? —me pregunta.
Niego con la cabeza. No… No… No como Leila.
—¿Y una ducha? —Tiene la voz ahogada por la preocupación.
Asiento entre lágrimas. Quiero quitarme todo lo malo de los últimos días, que se vayan con el agua los
recuerdos del ataque de Jack. «Zorra cazafortunas.» Sollozo cubriéndome la cara con las manos mientras el
sonido del agua que sale de la ducha resuena contra las paredes.
—Vamos… —me arrulla Christian con voz suave. Se arrodilla delante de mí, me aparta las manos de las
mejillas llenas de lágrimas y me rodea la cara con las suyas. Le miro y parpadeo para apartar las lágrimas.
—Estás a salvo. Los dos estáis a salvo —susurra.
Bip y yo. Los ojos se me llenan de lágrimas otra vez.
—Basta ya. No puedo soportar verte llorar. —Tiene la voz ronca. Me limpia las mejillas con los pulgares,
pero las lágrimas siguen cayendo.
—Lo siento, Christian. Lo siento mucho por todo. Por preocuparte, por arriesgarlo todo… Por las cosas
que dije.
—Chis, nena, por favor. —Me da un beso en la frente—. Yo soy quien lo siente. Hacen falta dos para