Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 365
discutir, Ana. —Me dedica una media sonrisa—. Bueno, eso es lo que siempre dice mi madre. Dije e hice
cosas de las que no estoy orgulloso. —Sus ojos grises se ven sombríos pero arrepentidos—. Vamos a quitarte
la ropa —dice con voz suave. Me limpio la nariz con el dorso de la mano y él me da otro beso en la frente.
Me desnuda con eficiencia, teniendo especial cuidado al quitarme la camiseta por la cabeza. Aunque la
cabeza no me duele mucho. Me ayuda a entrar en la ducha y se quita la ropa en un tiempo récord antes de
meterse bajo la agradable agua caliente conmigo. Me atrae hacia sus brazos y me abraza durante mucho rato
mientras el agua cae sobre nosotros, relajándonos.
Deja que llore contra su pecho. De vez en cuando me besa el pelo, pero no me suelta y me acuna
suavemente bajo el agua caliente. Siento su piel contra la mía, el vello de su pecho contra mi mejilla… Es el
hombre que tanto quiero, el hombre guapísimo que duda de sí mismo y que he estado a punto de perder por
mi imprudencia. Siento dolor y vacío al pensarlo, pero estoy agradecida de que siga aquí, todavía aquí a pesar
de todo lo que ha pasado.
Todavía tiene que darme algunas explicaciones, pero ahora quiero disfrutar de esos brazos reconfortantes y
protectores con los que me rodea. Y en ese momento tomo conciencia de una cosa: cualquier explicación
tiene que salir de él. No puedo presionarle; tiene que querer decírmelo. No quiero ser la esposa pesada que
está siempre intentando sacarle información a su marido. Es agotador. Sé que me quiere. Sé que me quiere
más de lo que ha querido nunca a nadie, y por ahora eso es suficiente. Saberlo es liberador. Dejo de llorar y
me aparto un poco.
—¿Mejor? —me pregunta.
Asiento.
—Bien. Déjame verte —me dice, y durante un instante no sé a qué se refiere, pero veo que me coge la
mano y me examina el brazo sobre el que caí cuando Jack me golpeó. Tengo hematomas en el hombro y
arañazos en el codo y la muñeca. Me da un beso en todos ellos. Coge una esponja y el gel de la estantería y
de repente el dulce olor familiar del jazmín me llena la nariz.
—Vuélvete.
Muy lentamente me va lavando el brazo herido, después el cuello, los hombros, la espalda y el otro brazo.
Me gira hacia un lado y me recorre con sus dedos largos el costado. Hago una mueca de dolor cuando pasan
sobre el gran hematoma que tengo en la cadera. Los ojos de Christian se endurecen y frunce los labios. Su ira
es palpable y suelta el aire con los dientes apretados.
—No me duele —digo para tranquilizarle.
Sus ardientes ojos grises se encuentran con los míos.
—Quiero matarle. Y casi lo hago —susurra críptico. Frunzo el ceño y me estremezco ante su expresión
lúgubre. Echa más gel en la esponja y con una suavidad tierna y casi dolorosa me va lavando el c