Literatura BDSM Cincuenta sombras liberadas | Page 36
—Christian, para…
Vuelve a hacer ese círculo en mi interior, ignorando mi súplica, y luego sale muy despacio para volver a
entrar con brusquedad.
—Dime por qué. —Habla con dificultad y me doy cuenta vagamente de que es porque tiene los dientes
apretados.
Solo me sale un quejido incoherente… Esto es demasiado.
—Dímelo.
—Christian…
—Ana, necesito saberlo.
Vuelve a dar una embestida brusca, hundiéndose profundamente. La sensación es tan intensa… Me
envuelve, forma espirales en mi interior, en el vientre, en cada una de las extremidades y en los sitios donde
se me clavan las esposas.
—¡No lo sé! —chillo—. ¡Porque puedo! ¡Porque te quiero! Por favor, Christian.
Gruñe con fuerza y se hunde profundamente, una y otra vez, y otra y otra, y yo me pierdo intentando
absorber el placer. Es para perder la cabeza… y el cuerpo… Quiero estirar las piernas para controlar el
inminente orgasmo pero no puedo. Estoy indefensa. Soy suya, solo suya para que haga conmigo lo que él
quiera… Se me llenan los ojos de lágrimas. Es demasiado intenso. No puedo pararle. No quiero pararle…
Quiero… Quiero… Oh, no, oh, no… es demasiado…
—Eso es —dice Christian—. ¡Siéntelo, nena!
Estallo a su alrededor, una y otra vez, sin parar, chillando a todo pulmón cuando el orgasmo me parte por
la mitad y me quema como un incendio que lo consume todo. Estoy retorcida de una forma extraña, me caen
lágrimas por la cara y siento que mi cuerpo late y se estremece.
Noto que Christian se arrodilla, todavía dentro de mí, y me incorpora sobre su regazo. Me agarra la cabeza
con una mano y la espalda con la otra y se corre con violencia en mi interior. Mi cuerpo todavía sigue
temblando por las últimas convulsiones. Es demoledor, agotador, es el infierno… y el cielo a la vez. Es el
hedonismo elevado a la enésima potencia.
Christian me arranca el antifaz y me besa. Me da besos en los ojos, en la nariz, en las mejillas. Me enjuga
las lágrimas con besos y me coge la cara entre las manos.
—Te quiero, señora Grey —dice jadeando—. Aunque me pongas hecho una furia, me siento tan vivo
contigo… —No tengo energía suficiente para abrir los ojos o la boca para responder. Con mucho cuidado me
tumba en la cama y sale de mí.
Intento protestar pero no puedo. Se baja de la cama y me suelta las esposas. Cuando me libera, me masajea
las muñecas y los tobillos y después se tumba a mi lado otra vez, arropándome entre sus brazos. Estiro las
piernas. Oh, Dios